Por: María del Carmen Figueroa Soto, Cronista Municipal
Churrumina y Adzuira: una historia de amor, resiliencia y compañía incondicional
Cananea, Sonora a 20 de julio de 2026.- Existen historias que difícilmente pueden explicarse con palabras. Basta observarlas unos minutos para comprender que el amor también puede expresarse sin hablar. Así ocurre con Adzuira Medina Reyes y Churrumina, una perrita cuya vida cambió por completo el día en que fue adoptada y que, sin saberlo, también transformó la vida de quien decidió abrirle las puertas de su hogar y de su corazón.
Adzuira Medina Reyes, psicoterapeuta Gestalt y psicopedagoga, adoptó a Churrumina en el año 2013. Después de revisarla, el médico veterinario estimó que tenía alrededor de dos años y medio de edad y confirmó que había sido víctima de un severo maltrato. Había perdido un ojo y presentaba diversas complicaciones de salud, entre ellas úlceras y gastritis provocadas por el estrés. Su recuperación no fue sencilla; durante aproximadamente cinco años requirió atención veterinaria y terapéutica constante.
Aún hoy, Adzuira confiesa que le resulta imposible comprender cómo alguien puede ejercer tanta crueldad contra un ser indefenso. Sin embargo, decidió que el pasado de Churrumina no definiría el resto de su vida.
Como terapeuta, Adzuira ha observado un comportamiento muy particular en su compañera de cuatro patas. Relata que, con algunos pacientes, Churrumina suele acercarse espontáneamente para lamer la zona donde presentan alguna molestia. Aunque reconoce que podría tratarse de una coincidencia, varios pacientes le han comentado que experimentan alivio después de esa interacción. Entre sonrisas, Adzuira suele decir que Churrumina «entra al quite cuando es necesario», utilizando su lengua como una singular forma de acompañamiento.
Pero quizá lo más extraordinario no sea ese comportamiento, sino el vínculo que existe entre ambas.
Cuando Churrumina llegó a su vida, Adzuira atravesaba uno de los momentos más difíciles de su existencia. Vivía lejos de su tierra natal, enfrentaba una complicada situación matrimonial que posteriormente culminó en divorcio y experimentaba una etapa de profunda vulnerabilidad emocional. En ese contexto, aquella perrita maltratada se convirtió, sin proponérselo, en su mayor apoyo.
«Churrumina ha sido mi bastón emocional», expresa Adzuira. «En los peores momentos, cuando parecía que nadie estaba a mi lado, ella siempre estuvo conmigo.»
Quizá por ello su relación es tan estrecha. Churrumina continúa conservando algunos temores derivados del maltrato sufrido durante sus primeros años. La presencia de muchas personas suele estresarla, aunque con la familia convive tranquilamente y es considerada un miembro más del hogar. Cada año celebran su cumpleaños, recibe regalos en Navidad y ocupa un lugar muy especial dentro de la familia.
Durante la etapa en que Adzuira ejercía la docencia, hubo ocasiones en las que tuvo que solicitar permiso laboral para atender la delicada salud de Churrumina. La situación llegó a repetirse por lo que el coordinador escolar dudaba de lo que ocurría. Finalmente, decidió llevarla a la escuela, instalada en su propia camita. Al verla, comprendió que no se trataba de una excusa, sino del profundo compromiso y cariño con el que cuidaba a su inseparable compañera.
La separación entre ambas ocurre únicamente cuando es estrictamente necesario. Si Adzuira debe viajar y considera que el trayecto puede resultar estresante para Churrumina, la deja al cuidado de sus padres o de algunos sobrinos, personas en quienes deposita toda su confianza. En otras ocasiones, la perrita la acompaña incluso en viajes largos. Han recorrido ciudades como Monterrey, Guadalajara y Veracruz entre otros donde incluso es necesario adquirir un boleto para que pueda viajar. Para Adzuira no existe duda alguna: «Churrumina lo vale».
El amor hacia su compañera también la motivó a aprender a conducir su propio automóvil, con el propósito de trasladarla cuando fuera necesario. Incluso asegura, entre risas, que cuando llega el momento de escoger ropa, es Churrumina quien parece tener la última palabra mediante sus gestos y reacciones.
Algunas personas consideran exagerado el trato que recibe una mascota; otras incluso llegan a señalar que se le humaniza demasiado. Sin embargo, Adzuira lo ve de una manera muy distinta. Después del sufrimiento que Churrumina vivió durante sus primeros años, siente que ahora solo merece recibir cariño, protección y los mejores cuidados posibles.
Recuerda perfectamente el instante en que la vio por primera vez. No importó que le faltara un ojo ni el estado en que se encontraba. «Yo sabía que ella era mía», afirma convencida.
Hay un detalle que continúa sorprendiéndola. Cada vez que llegan a un aeropuerto, Churrumina manifiesta una alegría difícil de describir: brinca, mueve la cola sin parar y parece disfrutar intensamente ese momento, como si supiera que una nueva aventura está por comenzar.
Historias como la de Adzuira y Churrumina recuerdan que el amor no siempre necesita palabras. A veces basta una mirada, una caricia o una presencia silenciosa para sanar heridas que nadie más puede ver. Dos vidas marcadas por el dolor encontraron, una en la otra, la oportunidad de comenzar de nuevo. Tal vez por eso quienes las conocen entienden que su vínculo va mucho más allá de la relación entre una persona y su mascota: es una historia de rescate mutuo, de lealtad y de un amor incondicional que difícilmente puede explicarse, pero que se percibe desde el primer momento en que se les ve juntas.
Dicen que Adzuira rescató a Churrumina; sin embargo, tras escuchar su historia, queda la impresión de que, en realidad, ambas se rescataron mutuamente. Más allá del rescate de una mascota, esta es la historia de dos seres que encontraron compañía, fortaleza y un amor incondicional la una en la otra.











