Cananea, Sonora, a 15 de junio de 2026.- Hay personas que dejan huella por lo que dicen, otras, por lo que hacen. Y existen seres extraordinarios que logran trascender porque convierten el servicio a los demás en la razón de su existencia. Ese es el caso de Gila Lavander Mendoza, quien ha sido elegida para homenajear y reconocer su trayectoria en la LXXXV Feria del Cobre.
Nació el 22 de octubre de 1945, sus padres fueron Carlos Lavander Curlango y Lidia Mendoza Fuentes, Gila creció rodeada de valores que marcaron para siempre su destino: la honestidad, el respeto, la solidaridad y el amor al prójimo. Desde niña mostró una sensibilidad especial hacia quienes más lo necesitaban. Ella misma recuerda como siendo apenas una estudiante de primaria, entregaba su suéter a otros niños que sufrían frío, siguiendo el ejemplo de sus padres, quienes le enseñaron que ayudar a los demás no era una obligación, sino una forma de vivir.
Durante su juventud destacó por su liderazgo, su participación comunitaria y su pasión por la oratoria. Fue una joven activa, deportista, amiga leal y profundamente comprometida con su comunidad. Sin embargo, el mayor legado que comenzaba a construirse no estaba en los reconocimientos ni en los triunfos personales, sino en su disposición permanente para tender la mano a quien lo necesitara.
Formó una hermosa familia junto al ingeniero César Ramírez Castillo y encontró en sus hijos, César Eduardo y Gila Ramírez Lavander, una de las mayores alegrías de su vida. Aunque el destino le impuso la dolorosa pérdida de ambos, encontró la fortaleza para seguir adelante siendo el pilar que sus nietos necesitaban, además de continuar sirviendo con la misma entrega que la ha caracterizado siempre.
A lo largo de las décadas, Gila ha dedicado incontables horas de trabajo voluntario a favor de la educación, la salud y el bienestar social. Participó activamente en patronatos escolares, impulsando mejoras para cientos de estudiantes. Fue la primera mujer en presidir el primer patronato del Instituto Tecnológico de Cananea, demostrando que el liderazgo también se ejerce con sensibilidad y compromiso.
En 1991 ingresó al Club de Leones, institución en la que ha permanecido más de tres décadas llevando ayuda, esperanza y oportunidades a quienes más lo necesitan. Ahí encontró una segunda familia y una plataforma para multiplicar su vocación de servicio.
Pero quizás uno de los capítulos más significativos de su historia comenzó el 13 de noviembre del año 2000, cuando asumió la presidencia de la Cruz Roja Mexicana Delegación Cananea. Desde entonces, su vida ha estado ligada a una misión permanente: garantizar que nunca falte una ambulancia, el medicamento, las capacitaciones o una mano amiga para quienes atraviesan momentos difíciles. Durante más de veinticinco años ha encabezado esfuerzos para fortalecer la institución, gestionar recursos y mantener operativa una organización que trabaja las 24 horas del día, los 365 días del año.
Para ella, cada llamada de emergencia representa una vida que merece atención; cada voluntario, una esperanza para la comunidad. Su labor no se ha limitado únicamente a la Cruz Roja. Durante dieciocho años visitó de manera voluntaria el Centro de Reinserción Social de Cananea, brindando apoyo humano, orientación y compañía a personas privadas de la libertad. Organizó celebraciones, actividades religiosas, convivencias familiares y momentos de esperanza para quienes más necesitaban sentir que aún eran parte de la sociedad.
Aquellos hombres la llamaban «su ángel». Y quizá no había mejor manera de describirla. Porque donde otros veían problemas, ella veía personas. Donde otros encontraban obstáculos, ella encontraba oportunidades para ayudar. A lo largo de su trayectoria ha recibido innumerables muestras de cariño y gratitud. Sin embargo, para Gila, la mayor recompensa nunca ha sido un reconocimiento o una distinción.
Su verdadera satisfacción ha sido escuchar un «gracias», ver una sonrisa recuperada, saber que alguien pudo comer, sanar o encontrar apoyo en un momento difícil.
Es por ello que el Club de Leones de Cananea decide honrar su legado y reconocer la trayectoria de tan distinguida dama, una mujer que ha amado profundamente a Cananea y a su gente, cuya huella permanecerá en cada persona a la que ayudó, en cada institución que fortaleció y en cada corazón que encontró consuelo gracias a su generosidad. Porque hay vidas que se miden en años, y hay vidas, como la de Gila Lavander Mendoza, que se miden en el bien que dejan sembrado para siempre.
