El Limoncito de Cananea, quedará siempre en el recuerdo colectivo

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Por: María del Carmen Figueroa Soto, Cronista Municipal

Cananea, Sonora. – Este 20 de junio de 2026 se dio a conocer el fallecimiento del señor José Manuel Haros Rubiano, integrante de una familia ampliamente conocida y apreciada en la comunidad por su vínculo con uno de los negocios más tradicionales de la ciudad: «El Limoncito».

De acuerdo con Abel de la Torre, la historia de este emblemático establecimiento se remonta a la década de 1960, cuando don Simón Haros inició un pequeño comercio familiar que, con el paso de los años, se convertiría en un sitio entrañable para generaciones de cananenses. Originalmente ubicado en la esquina de la calle Tercera Este y avenida Durango, el negocio permaneció allí hasta que un accidente marcó su historia: un dompe sin frenos se impactó contra el local, obligando a su reubicación sobre la misma avenida.

Aunque de dimensiones modestas, «El Limoncito» ocupó siempre un lugar especial en la vida cotidiana de la ciudad. Muchos recuerdan sus famosos Fritos Azteca acompañados de una salsa de sabor único, preparada con un toque especial que se convirtió en sello de la casa. Igualmente, recordados eran los sándwiches elaborados en sencillas tostadoras domésticas, cuyo sabor quedó grabado en la memoria de innumerables clientes.

En una época distinta a la actual, cuando la legislación lo permitía, el establecimiento también llegó a comercializar cartuchos calibre .22, reflejo de las costumbres y necesidades de aquellos años en una comunidad minera y fronteriza.

La administración del negocio pasó de don Simón Haros a uno de sus hijos, también llamado Simón, para posteriormente quedar bajo la responsabilidad de José Manuel Haros Rubiano, quien continuó atendiendo con el mismo espíritu familiar y cercano que caracterizó siempre al establecimiento.

Ubicado a poca distancia del cine de la localidad, «El Limoncito» se convirtió en parada obligada para quienes acudían al ya desaparecido cine Fox. Antes de entrar o al salir de la sala, era común que niños, jóvenes y familias completas pasaran por algún refrigerio, atraídos por sus precios accesibles y el trato amable de sus propietarios. A pesar de su reducido espacio, contaba con un área donde los clientes podían disfrutar sus productos dentro del propio local.

Otra característica que lo distinguió fue la venta de algunos productos procedentes de Estados Unidos, algo que despertaba el interés de los consumidores en una época en que este tipo de mercancías no era tan fácil de encontrar en la ciudad.

Con el fallecimiento de José Manuel Haros Rubiano, Cananea despide a uno de los herederos y continuadores de una tradición comercial profundamente arraigada en la comunidad. Sin embargo, la historia de «El Limoncito» no concluye con su partida.

Entre las múltiples historias asociadas a «El Limoncito» sobresale una tradición que se ha mantenido viva entre las generaciones de la Escuela Secundaria General «Mártires de 1906». Cada vez que los exalumnos celebran 25 años o más de haber concluido sus estudios, una visita al emblemático negocio suele formar parte de sus recorridos y actividades de reencuentro. Degustar alguno de sus productos y saludar a don Manuel Haros se convirtió para muchos en una forma de reencontrarse no solo con sus compañeros, sino también con los recuerdos de su juventud y de una etapa significativa de sus vidas.

Gran parte de los datos históricos aquí referidos sobre el establecimiento fueron compartidos por el señor Abel de la Torre, quien conoció de cerca la trayectoria del negocio y de la familia Haros, permitiendo preservar aspectos que forman parte de la memoria cotidiana de Cananea.

Más que una tienda, «El Limoncito» representa una tradición familiar que ha acompañado a Cananea durante décadas y que continúa vigente, preservando una parte importante de la memoria cotidiana de la ciudad. Hoy, con el respaldo de la familia Haros, el establecimiento sigue atendiendo a sus clientes y manteniendo vivo un legado que forma parte de la identidad cananense.

Descanse en paz, don José Manuel Haros Rubiano.

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