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jueves, abril 23, 2026

Del calor de la fundición a la frescura de la venta de marisco

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Por: María del Carmen Figueroa Soto, Cronista Municipal

Cananea, Sonora 04 de marzo de 2026.-Historia de trabajo y resiliencia en Cananea

En 1989, cuando la crisis minera sacudió profundamente a Cananea y la empresa entró en un proceso que muchos recuerdan como la “fallida quiebra”, el señor Guillermo Morales contaba con 18 años de trabajo en el Departamento de Fundición, donde había ingresado en 1973.

El cierre de esa área marcó el fin de una etapa. Para él, como para muchos mineros, no fue solo la pérdida de un empleo, sino la ruptura de una rutina forjada entre hornos, metal fundido y compañerismo obrero.

Ante lo inesperado de la situación y sin una fuente de ingreso fija, tuvo que reinventarse. La oportunidad llegó a través del propietario de Pescadería Mayra, quien le ofreció vender marisco. Así comenzó una nueva historia, esta vez lejos del fuego de la fundición y más cerca del hielo y el aroma a mar.

Con su propio automóvil convertido en punto de venta —una práctica muy común en Cananea durante aquellos años— estacionaba su vehículo a un costado del predio de la Escuela Primaria Benito Juárez. Ahí, durante cerca de tres décadas, ofreció pescado fresco a generaciones de familias cananenses.

En la barda aún puede leerse “Pescadería Santa Rosa”, nombre que eligió en honor a su hija, como un símbolo de amor familiar y esfuerzo constante.

La constancia, la calidad del producto y su trato amable le permitieron formar una clientela fiel. Lo que comenzó como una alternativa ante la necesidad se convirtió en el sustento de su hogar durante 30 años.

Sin embargo, el paso del tiempo trajo nuevos desafíos. La pandemia transformó los hábitos de consumo, disminuyó las ventas y elevó los costos. A ello se sumaron impuestos y gastos operativos cada vez más altos. Después de insistir y buscar mantenerse activo, reconoció que continuar resultaba incosteable. Así, cerró un ciclo que también forma parte de la memoria comercial de la ciudad.

Historias como la del señor Morales nos recuerdan una época en que era común ver automóviles convertidos en pequeños comercios ambulantes: venta de pescado, frutas, pan o productos regionales. Eran tiempos donde el trato directo fortalecía la economía local y el saludo cotidiano construía comunidad.

Hoy quedan pocos de esos vendedores que resistieron décadas. Pero su legado permanece en la memoria colectiva de Cananea: ejemplo de resiliencia, dignidad laboral y capacidad de adaptación ante la adversidad.

Porque en esta tierra minera, cuando el cobre dejó de arder, muchos hombres y mujeres encontraron nuevas formas de seguir trabajando.

Como cronista de esta ciudad, resulta imprescindible dejar constancia de estas historias silenciosas que no siempre aparecen en los grandes relatos económicos, pero que sostuvieron hogares y dieron vida a nuestras calles. El automóvil convertido en pescadería, estacionado junto a una escuela primaria, es también parte del patrimonio social de Cananea: símbolo de esfuerzo, adaptación y dignidad ante la adversidad.

Hoy quizá queden pocos de aquellos vendedores ambulantes, pero su recuerdo permanece como testimonio de una generación que no se rindió, que transformó la incertidumbre en oportunidad y que convirtió cada calle en espacio de trabajo honrado.

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