Por: María del Carmen Figueroa Soto, Cronista Municipal
Cananea, Sonora, a 25 de noviembre de 2025.- María Paula Duarte Jácome, mejor conocida como Paulita, es una mujer que ha logrado atravesar nueve décadas de vida con una fortaleza admirable. Nació en el municipio de Bacoachi, Sonora el 18 de abril de 1933 y en este 2025 celebra orgullosamente sus 92 años.
“Nací, me crié y me casé en Bacoachi”, comenta. Hoy es viuda, después de 48 años de matrimonio con Domingo Serrano, con quien formó una familia y tuvo a sus tres hijos: Luis, Francisco y Mario Alberto.
Su vida ha transcurrido en un entorno tranquilo, rodeada de los hermosos paisajes de Bacoachi, donde el río corre a pocos metros de su hogar. Paradójicamente, ese mismo río que tanta belleza ofrece fue el lugar donde perdió a su madre. Paulita recuerda que su mamá había ido a lavar pañales —en aquel tiempo de tela— cuando la piedra donde se apoyaba cedió y su madre cayó al agua y ya no salió con vida. Paulita y su hermana quedaron huérfanas siendo apenas unas niñas. Con solo tres años, ella fue adoptada por sus padrinos, Esperanza Valdez y Carlos, mientras que su hermana quedó al cuidado de su tía Rosa Salazar.
A lo largo de su vida ha visto transformarse al mundo: ha pasado de usar lámparas de petróleo, veladoras y metate, hasta la llegada de los aparatos modernos. Sin embargo, nunca ha dejado de utilizar su estufa de leña, que mantiene su casa cálida y conserva ese toque hogareño que tanto la caracteriza. Las paredes guardan los rastros de esas décadas de tradición.
Ya viuda y con hijos por sacar adelante, aceptó la invitación de su amiga Lola —también viuda— para irse juntas al gambuseo. “Vámonos a trabajar”, le dijo, y Paulita aceptó. En aquellos tiempos los terrenos aún eran vírgenes, recuerda, y en su primera búsqueda lograron sacar 6 gramos de oro. Salieron sin alimento, tristes por su reciente pérdida, pero con la determinación firme de sobrevivir. En medio de la faena, un hombre que también gambuseaba les regaló una bandeja de tierra y, con ello, una oportunidad.
Sin comida ni recursos, fueron bendecidas cuando un gambusino apodado “El Morro”, compartió con ellas alimentos. Cuando quisieron pagarle con unos gramos de oro, él se negó: “Nada de eso… ustedes lo necesitan”, les dijo. Gracias a esos esfuerzos, cada que juntaban algunos gramos viajaban a Cananea para venderlos en la ya desaparecida Joyería “Coyito”, lo ganado con su trabajo lo usaban para proveer en sus casas.
Además del gambuseo, Paulita trabajó durante 12 años en el rancho El Culantrillo, tres años en Los Chinos, un año y medio en Las Calabazas y en Los Janeros, donde apoyaba en las corridas, preparaba comida y hacía todo lo que se le requería. También colaboró con varias personas del pueblo, entre ellas la recordada enfermera Angelita.
Madre dedicada de tres hijos, hoy sigue pendiente de sus nietos y continúa siendo un ejemplo de fortaleza, disciplina y buen ánimo. Ella asegura que su secreto es mantener una vida sana: “La hierbabuena y la canelita son tés que te relajan”, dice. Recuerda que su segunda madre la bañaba con saúco y luego les daba una taza del mismo para protegerlas y evitar que salieran recién bañadas al frío.
Paulita es muy querida en su comunidad. La reconocen por su excelente actitud, su amabilidad y su manera de vestir siempre bien arreglada, con vestidos, anillos, y bien maquillada. Relata también haber vivido una experiencia extraordinaria tras un problema de salud. Asegura que estuvo en un espacio hermoso, lleno de flores. “Vi algo blanco… no pude llegar más allá. No me tocaba —dice—; unos ángeles me regresaron”.
Cuando ya no esté, desea ser recordada tal como ha vivido: con un alma limpia. Afirma con serenidad que jamás ha hecho daño a nadie. A sus 92 años no padece ninguna enfermedad, lo cual atribuye a su alimentación basada en frutas, verduras y productos saludables. Está profundamente agradecida por los apoyos alimentarios que el gobierno municipal brinda a los adultos mayores: “Es una bendición”, reconoce.
Hoy, a sus 92 años, Paulita sigue caminando por la vida con la misma serenidad con la que se enfrentó a cada prueba, con la misma dulzura con la que cuidó a sus hijos y la misma fuerza que la sostuvo cuando el mundo parecía quebrarse. Su risa suave, su mirada limpia y su actitud siempre agradecida la han convertido en una persona muy querida.
Porque Paulita no solo ha vivido nueve décadas: las ha honrado. Ha sabido transformar el dolor en sabiduría, el trabajo duro en dignidad y la sencillez en una forma hermosa de estar en el mundo. Por eso, dondequiera que va, la gente la respeta y la quiere. Aunque desea que la recuerden cuando parta del mundo material, ya vive en el corazón de todos los que la conocen, en los recuerdos que ha sembrado, en la bondad que ha regalado y en la fe en Dios que nunca ha soltado.
Paulita es, y seguirá siendo, un ejemplo de amor, de coraje y de luz. Una mujer que, sin buscarlo, dejará huellas profundas… y que hoy nos demuestra que la vida, incluso en su sencillez, puede ser extraordinaria.









