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sábado, marzo 7, 2026

Jesús García Corona: el sacrificio en el “Seis”

Fecha:

4ta Parte

Por: LC María del Carmen Figueroa Soto, Cronista Municipal

Cananea, Sonora 29 de octubre, 2025.-(Versión adaptada del libro “Jesús García, el Héroe de Nacozari” de Cuauhtémoc L. Terán)

El pequeño tren avanzaba envuelto en humo y fuego. Desde la distancia, los testigos observaban con angustia cómo la locomotora número 2 se alejaba con su carga mortal, rugiendo entre las rocas del cerro. Nadie podía creer lo que estaba ocurriendo: Jesús García había decidido enfrentar solo el destino, conduciendo el tren encendido para salvar a su pueblo.

En su narración Cuauhtémoc L. Terán autor del libro, narra como el estruendo del motor y las chispas que salían de la máquina se mezclaban con los gritos de quienes, desde el patio, comprendían que aquel hombre iba directo al sacrificio. Los segundos parecían eternos. En la curva del cerro, la figura del maquinista se perdió entre el humo… y poco después, la montaña entera se estremeció con la explosión que selló para siempre su nombre en la historia.

“Con mano firme, Jesús había empuñado la palanca. Rápidamente echó un vistazo a los instrumentos para asegurarse de que todo estuviera en orden y de que su locomotora número 2, su compañera fiel de tantos años, respondería pujante y vigorosa al toque de mando.

Antes de tomar la curva, volvió la mirada por última vez hacia el Nacozari de sus ensueños: el pueblo que le había dado albergue, donde había realizado sus aspiraciones, donde quedaban su madre, sus hermanos y Jesusita, la prometida inocente a la tragedia que habría de truncar sus planes de vida.

Con un profundo suspiro, como quien abandona todo interés mundano, fijó la vista sobre los rieles que se perdían en la curva.

—¡José, brinca! —gritó—. ¡Este es asunto mío! ¡Déjame solo! ¿Para qué sacrificarnos los dos?

José no alcanzó a escuchar el final de sus palabras. El tono de García no admitía vacilaciones ni réplica. El hombre se veía transfigurado, con la decisión pintada en el rostro. Con un cortante “adiós Jesús”, se descolgó ágilmente de la máquina y desapareció entre la nube de humo y polvo, refugiándose en una alcantarilla y salvándose así de una muerte segura.

La explosión no se hizo esperar. Apenas la locomotora remontaba la cima de Puertecitos, a punto de pasar frente a las casas de la sección —las únicas construcciones del “Seis”—, un estallido sordo y retumbante sacudió la comarca entera. Un grito de espanto brotó en el pueblo: nadie acertaba a comprender la causa de tan tremenda detonación. No podía ser un simple barreno; nada igual se había escuchado jamás en el mineral.

Las personas que se encontraban en las calles de Nacozari vieron elevarse, sobre la cumbre del cerro del Seis, un remolino de hierros y maderas envueltos en una densa nube de polvo y humo. A la explosión siguieron momentos de indescriptible confusión y pánico: los muchachos huyeron aterrados, las familias buscaban refugio en los rincones más alejados de sus casas. Los cristales de los principales edificios se hicieron trizas ante el impacto de la dinamita.

Fragmentos de rieles y trozos de material cayeron incluso en la zona residencial. La señora Williams, esposa del superintendente, vio cómo un objeto negro trazaba una parábola fantástica antes de caer a pocos metros de su jardín, a más de un kilómetro del “Seis”. Era una pesada plancha de rieles fundidos por efecto de la explosión.

Los cristales de la biblioteca y de muchas viviendas quedaron hechos añicos. Por doquier se escuchaban gritos de pavor:

—¡Estalló el gas! —decían unos.

—¡Voló el polvorín! —gritaban otros, con los rostros descompuestos por el miedo

El remolino de humo y polvo que se levantaba sobre el campo del “Seis” delataba el sitio del desastre. La multitud iniciaba el ascenso por la cuesta cuando vieron correr hacia ellos al garrotero Hipólito Soto, enloquecido y gesticulando incoherentemente; fue necesario atenderlo y enviarlo al hospital.

De entre la maleza salió el fogonero José Romero, pálido y desencajado, pero lúcido en sus explicaciones. Repetía una y otra vez:

—Me obligó Jesús a brincar… ahí —dijo, señalando una alcantarilla—. Ahí me metí.

La planicie del Seis presentaba una escena indescriptible de desolación y estragos. Había muertos, heridos y gritos de pavor de quienes, atónitos, contemplaban aquel cuadro de dolor, mientras otros se apresuraban a prestar auxilio.

El comisario don Pepe, hombre de valor civil probado, cayó desmayado al darse cuenta de las proporciones de la tragedia.

Todo el tren se había esfumado. De la máquina solo quedó la caldera sobre las motrices; las ruedas traseras aparecieron dispersas entre los restos. Inexplicablemente, el manómetro de vapor, derribado y sin cristal, marcaba aún 140 libras: la presión de escape.

Las señoritas Trinidad y María Gutiérrez, que al paso del convoy se habían asomado a la ventana, quedaron ciegas y marcadas por las heridas. Recordaban cómo García, desde su caseta, les hacía señales desesperadas con el sombrero, tratando inútilmente de advertirles el peligro… señales que confundieron con el saludo habitual que solía hacer en cada corrida del tren”. Cuauhtémoc L. Terán, (1962).

Así terminó aquel viaje que nadie olvidaría. De la máquina solo quedaron hierros retorcidos, y del maquinista, la certeza de un acto que había salvado cientos de vidas.

El sacrificio de Jesús García se extendió como eco por los cerros, llevando con él el llanto y el orgullo de un pueblo que aún no dimensionaba la grandeza de su gesto.

Referencias:

Terán, C. L. (1943). JESÚS GARCÍA EL HEROE DE NACOZARI (J. O. H. M. E. C. T. de Félix y Armando, Ed.). Comercial Nadrosa, S.A. Su impresión terminó el 15 de junio de 1962.

Imagen representativa: (Fotografía anónima de Jesús García en Nacozari, s.f.)

Crónica escrita por L.C. María del Carmen Figueroa Soto, Cronista Municipal, Cananea, Sonora.

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