LOS CUENTOS DE:
David Madrigal González
Me quedo en medio del día, sentado en un viejo sillón que se echó junto con el perro en el rincón de la cochera. Se llevan bien estos dos. En el periódico veo que han ido en incremento los anuncios de venta de casas. Tan sólo en frente de aquí se pueden ver dos casitas cubiertas por la maleza y el abandono. Me pregunto: ¿en qué momento pasó todo esto? ¿en qué momento fue que se acabó el orgullo de ser minero?
En algunas calles la tierra suelta y los charcos siguen ahí como hace décadas, en otras la condición de deterioro del pavimento empezó mucho antes de que la mina cerró. En realidad, después de tantas promesas, quedamos peor que como estábamos cuando nosotros, los de aquí del pueblo, trabajabamos la mina por nuestra cuenta. A veces pienso en aquel inicio cuando la empresa llegó con su deslumbrante rollo de la nueva tecnología, lo primero que le sacaron a la montaña fue el orgullo de sus viejos mineros, después y sólo después de eso pudieron romper la roca y reventarle la piel a la montaña.
Me quedo mirando la peregrinación de silencios que pasa por la calle, esta procesión silenciosa que recorre los caminos y calles de los poblados mineros es muy diferente cuando se acaba el trabajo en la mina. Las propias casas y las personas adquieren otras tonalidades de grises y sepias en sus interiores. Las cosas adquieren un perfil expresionista, pero la coloración no les viene de la nostalgia de los tiempos perdidos, sino que nos brota, me incluyo, directamente de la complicidad colectiva en toda la comarca.
Aquí en el pueblo quedaron los caminos y las instalaciones de la empresa minera, como si se tratara de heridas que se dejaron abiertas con algún propósito. Vivir en medio de tanta cosa que sanar algunos no lo aguantan y mejor se van. Quedamos ya unas cuantas familias pero han empezado a llegar otras. Hablé con uno de los nuevos vecinos que me decía -la minería ya se fue, pero los responsables de todo este tiradero no aparecen por ningún lado-.
Le comenté que siempre nos venían con el pretexto de que era una explotación pequeña y que por lo mismo, siempre había quedo fuera de los reflectores informativos locales y de la agenda de gobierno. Le expliqué que ahora que ya cerró la mina el pretexto sigue sirviendo para no mirar los estragos, ni a los dueños de las concesiones de explotación que se enriquecieron y que deberían cumplirnos con la remediación.
Al final de nuestro primer encuentro de nuevos vecinos me terminó contando que encontraba un cierto plus-valor estético en el paisaje dejado por la actividad minera y que esto era parte del atractivo que lo tenía cambiando su residencia hasta este lugar. Desde una de las ventanas de la casa en la que vivía el nuevo residente del pueblo, según me dijo, las heridas dejadas por la minera se veían como mordidas en el cuerpo formado por las montañas. Lejos de ser consideradas contaminación visual del paisaje, deberían verse como expresiones estéticas del horror, pero a nadie le importa o todos se callan y aquí seguimos.
Los estragos están a la vista. Me repito mientras me reacomodo en el sillón. La afectación que nos dejaron con el tema del agua es la más preocupante. Es como tener un pie en el presente y el otro en el futuro porque los daños del suelo no permite que la lluvia recargue las reservas. Muchos de los que se fueron ya no aguntaban tampoco el tema de los polvos, o eso que los ingenieros llaman «material particulado». Antes la gente no se enfermaba tanto y ahora los niños y los jóvenes son los que más se están resintiendo.
El perro se levanta y sale ladrando atrás de un carro.
Pronto el calor lo sofoca y se regresa al rincón. Mirando de nuevo el periódico, en la sección de deportes, viene una nota en la que se informa que se acaba de autorizar que las autoridades locales determinen las zonas de veda para la actividad minera. Pero si las autoridades locales son adictas al dinero de las mineras, les permite cubrir la nómina y hacer obras que no pueden hacer con el presupuesto que les da el gobierno central. Y lo de la sección de deportes, ¿será un error en la edición del periódico?
No sé por qué esto me hizo acordarme de cuando nos decían, o más bien, ahora que lo pienso, nos insinuaban que varias minas en el país habían empezado a realizar cierres responsables, que varias de ellas habían iniciado una remediación existosa con la participación de las comunidades y que esto ya venía hacia acá. De eso ya pasaron más de diez años. Ni remediación, ni pago de lo que nos deben. Como lo publicado en el periódico, diez años después ¿ya quién se acuerda?
El calor me agotó. También me está cansando cada vez más pensar en todo esto. La cerveza que dejé en el suelo ya parece caldo. Me desperté con el sonido de un trailer. Durante casi tres horas la minería se fue de mi cabeza. Como si se tratara de un breve montaje de teatro callejero, la primera escena con duración de tres horas era un perro, un sillón y yo echados en un rincón de una cochera en alguna población minera.
Imagen cortesía de la página: Cananea y su gran Historia

