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lunes, marzo 9, 2026

CUENTO… La acompañante de las Pléyades…

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Por: Martha L. Figueroa

Desde su nacimiento hasta aquel fatídico día demostró una inteligencia superior a la vista por todos los familiares y vecinos que, atraídos primero por su mirada azul y después por su carisma innegable, iban a verlo con el pretexto de visitar a cualquier otro miembro de su familia. Aunque era una persona muy agradable y que parecía siempre de humor para hablar o reír, nadie lograba entablar una amistad real con él. Todas las personas que lo conocían sabían que no ocultaba nada, pero los más envidiosos se empecinaban en inventar historias alrededor de su supuesta doble vida. Él se movía por encima de todos aquellos rumores y toda su atención giraba alrededor del telescopio que tenía en su patio. Incluso su madre estaba segura de no conocerlo del todo, pensaba que algo de maldad o estupidez debería existir en él, como si alguien bueno e inteligente no pudiera ser real. Era fácil darse cuenta de su hermetismo, pero imposible reprochárselo con argumentos lógicos.

La noche antes de cumplir veintitrés años miraba el cielo nocturno con escrutinio, prestando especial atención a la constelación de tauro. El aire estaba muy quieto, como si el calor le impidiera moverse. Su vista viajó a las Pléyades y justo cuando recordó el mito que las relacionaba con Orión, algo golpeó su telescopio. Alzó la vista y se encontró con que alguien arrojaba piedras desde el otro lado de la calle. Ese alguien debió haber escuchado el ruido metálico que provocó el golpe contra el telescopio, porque hirió el silencio de la noche con una disculpa gritada desaforadamente. Fue hasta entonces que él se dio cuenta de que se trataba de una mujer que, sentada en el piso, lanzaba piedras al cielo y las contemplaba caer al suelo. Fue hasta donde estaba ella y le preguntó por qué lo hacía.

-Por una tontería, hasta me da vergüenza decirte-dijo sacudiéndose la falda-. Me imagino que son cohetes yendo a la luna o a algún lugar así.

Desde esa noche y hasta que ella cayó en cama por un resfriado que se convirtió en pulmonía, observaron las estrellas mientras él le explicaba todo lo que sabía de planetas, órbitas y años luz. Era evidente que estaban enamorados, pero ninguno de los dos dijo nada; de hecho, él no se dio cuenta de lo mucho que la quería hasta que murió el invierno de ese mismo año.

Todo aquello que atraía a las personas hacia él se acabó ese día. Su mirada estaba eternamente desencajada y sus manos presas de un temblor constante. En lugar de pasar las noches en su patio iba al cementerio a arrojar piedras al cielo, con la esperanza de que alguna no regresara al suelo porque ella la había atrapado. Una noche de primavera en que descansaba la espalda en la tumba, se dio cuenta de que una nueva estrella acompañaba a las Pléyades. Se convenció de que era ella, quien por haber sido tan buena y haber sufrido una muerte tan injusta, había sido recompensada con transformarse en una estrella.

Reemplazó los libros de astronomía con los de aviación y por fin en mucho tiempo sintió que su vida tenía sentido. Una vez que hubo terminado de estudiar y planear el acontecimiento, buscó el lugar donde construiría y lanzaría la aeronave que lo llevaría al lado de ella, esta vez para toda la eternidad. Lo encontró en las montañas que se veían azuladas por la distancia que las separaban del pueblo. Se fue sin decir nada  y sin que nadie lo viera como una novedad, y en la víspera del día en que se cumpliría un año de su muerte, empujó el rudimentario avión hasta el borde de un voladero.  Esa noche todos los que vivían cerca de la montaña se preguntaron qué serían las luces anaranjadas que caían desde lo más alto del cielo.

 

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