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sábado, marzo 7, 2026

CUENTO: El papalote que sólo volaba de noche…

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 Por: Martha L. Figueroa

Iba cansado pero feliz. Había logrado que una compañía comprara la idea que había venido perfeccionando por años. Pronto la materializarían, haciéndolo un hombre rico con fama de altruista. Se aflojó el nudo de la corbata mirando cómo  algo proyectaba una sombra temblorosa sobre la calle. Alzó la vista y se encontró con que un papalote volaba peligrosamente cerca de los cables de la electricidad. Abrió la puerta de su auto e ignorando a otra silueta negra que se le acercaba se acomodó en el asiento. Se buscó las llaves en el bolsillo de la chaqueta, después en el pantalón y como no las encontró estiró el brazo para buscar las de repuesto en un compartimento del auto. A medio camino lo detuvo un puño cubierto en un guante de látex, que rompió la ventana del auto y lo tomó por la muñeca. La fuerza era extraordinaria, y aún en la conmoción del momento logró pensar que seguramente ese hombre era capaz de romper un mazo de cartas en un solo movimiento. Esto duró apenas un segundo, y al siguiente el otro puño terminaba de romper la ventana para así abrir la puerta desde adentro. Los cristales volaron en la oscuridad, reflejando la luz amarilla del semáforo. Aún sin liberarle la muñeca quitó el seguro y con tranquilidad abrió la puerta y sin más se sentó en el asiento del copiloto. Vio cómo el pecho del ahora secuestrado subía y bajaba violentamente, y cómo en su cuello rígido saltaba una vena muy gruesa. Se sacó la navaja y esperó a que volteara a verlo para enderezarle el cuello con ella. El hombre se aterrorizó al ver que el puño ahora tenía rostro, y que estaba cubierto de heridas sin cicatrizar. Antes de que le apoyara una navaja contra el cuello alcanzó a ver que una parte del labio le colgaba sobre la barbilla y tenía las mejillas cruzadas de profundos rasguños.

-Conduce-le pidió-.Y si no quieres chocar o que te mate de una vez no quites los ojos del frente.

La voz era de esas que hacían vibrar los oídos y se quedaban grabadas en la memoria de quien la escuchara. Miraba al papalote de nuevo, pensando en que si lograba sobrevivir lo que más recordaría sería aquella voz. El hombre lo urgió a que arrancara el auto con un corte superficial en la mejilla. La sangre caliente que le chorreó casi al instante por el cuello le heló el corazón. Al tiempo que se alejaban del lugar el papalote se enredó en los cables y comenzó a quemarse.

El trayecto no duró más que veinte minutos. A los diez logró reunir valor para suplicarle al hombre que lo dejara ir a cambio de dinero. Sin alterarse le contestó que no quería ni un centavo. El resto del camino transcurrió en silencio por parte de los dos, y con la radio en un volumen bajísimo. El destino era una casa que estaba en una esquina, que bajo la escasa luz de la luna se veía pintada de amarillo. El secuestrador le pidió que apagara el auto y le diera la llave. Se las guardó en el pantalón y salió del auto con la misma calma que había mostrado por los últimos veinticinco minutos. Dentro, el otro hombre se miró corriendo despavorido por la calle desierta. Quiso moverse, pero el terror le inmovilizaba las piernas. Antes de que pudiera pensar en otra cosa, su secuestrador ya lo arrastraba dentro de la casa. Lo ató a una silla con una cuerda delgada que le quemaba las muñecas y los tobillos aún por encima de los calcetines cuando trataba de liberarse. Vio cómo se cambiaba los guantes desgarrados por otros nuevos, dejando ver sus lastimadas manos. Le pareció sacado de un sueño la manera en que ignoraba sus numerosas y espantosas heridas, incluso mirando un espejo con indiferencia, como si nada se reflejara en él.

Al cabo de unos minutos abrió una puerta y sin pronunciar palabra lo llevó con todo y silla a través de ella, para después bajar unos escalones. Se encontró en un sótano bien iluminado, lleno de fotografías enmarcadas todas en cuadros  de madera clara. Algunas mostraban a una mujer negra sola, y en otras se le veía acompañada de un hombre de tez clara. El hombre debería ser el secuestrador, aunque ahora su cara se encontrara tan lacerada que era casi imposible reconocerlo. Su vista viajó a una pintura pequeña aún en el caballete, de un paisaje oscuro con pequeñas estrellas y una luna brillante iluminando un papalote suspendido en la noche.

-Ya lo viste-le dijo-. Le gustaba volar papalotes, pero sólo de noche.

Asintió, notando que el secuestrador comenzaba a inquietarse. Sacó un bisturí y un trapo de un cajón. Usó el trapo para presionarse el labio caído y secarse las gruesas lágrimas que le caían por la cara. Lo tomó por el cuello y comenzó a hablar.

-Necesito una nueva piel-chilló-, y así podré comenzar de nuevo, si me borro todas las veces que me tocó. Bastará con que me des tu piel, tu piel sana que ella nunca ha tocado. Ya llevo bastante observándote y eres todo lo contrario a mí: rico, exitoso… buena persona. Tu piel es la que necesito. No nos dolerá, ni a ti ni a mí. Con lo que sé de cirugía ni siquiera necesitarás anestesia.

Dejó de hablar porque el llanto se lo impedía. Le quitó el bisturí del rostro y se lo llevó al suyo. Ahora era su pecho el que se agitaba y su cuello el que estaba rígido de desesperación y miedo.

-No puedo-sollozó-.Lastimar la mía no ha servido de nada, nada borra todas las veces que me tocó. Y ahora ni siquiera puedo conseguirme una nueva piel o siquiera una nueva boca, no puedo…

Antes de poder terminar la frase se llevó el bisturí al cuello y de un solo movimiento se cortó la yugular. La sangre que le salía a borbotones manchó el piso ante la mirada de incredulidad del hombre. Lo miró hasta que dejó de convulsionarse y comenzó a desatarse sintiendo la piel fría y rígida.

 

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