Por: Martha L. Figueroa.
Cuando yo tenía seis años mis padres se separaron. Nunca estuvieron casados, así que no hubo más trámite que explicarme con palabras sencillas que vería a mi papá sólo una vez por semana y luego verlo salir de la casa con una maleta.
No tuve mayor inconveniente-ahora cada vez que lo veía me daba un juguete- hasta que escuché a mi mamá preguntarle a mi abuela a dónde se había ido todo el amor. Aquello me confundió muchísimo, y lo único que logré sacar por conclusión fue que mi papá ya no estaba porque el amor se había ido de mi casa. Hasta entonces imaginé al amor como algo calientito, como eso que sentía cuando abrazaba a mis papás y a mi perro, pero después de eso comencé a pensar que el amor debía ser como un pegamento que mantiene juntas a dos personas. Mis papás ya no tienen pegamento, razoné, por eso casi no se hablan.
En una ocasión le pregunté a mi abuela si sabía por qué mi mamá había dicho eso. Me respondió lo mismo que había venido escuchando ese último mes-‘‘tus papás son amigos y te siguen queriendo’’- aunque se notaba que sabía a qué me refería. La interrumpí preguntándole si a mis papás ya no les quedaba pegamento.
-¿Pegamento?-exclamó casi con disgusto.
-Amor, abuela-recuerdo haber dicho sacudiendo la cabeza.-Quiero saber adónde se fue.
Suspiró y me dijo que me contaría, pero que era muy importante no decírselo a nadie. Me enderecé en la cama y miré fijamente sus labios de flor marchita y ojos de nuez. La historia iba más o menos así:
‘’Un día frío la esposa de un hombre le dijo que el amor que sentía por él se había acabado. Él también se preguntó adónde había ido, porque estaba seguro de que algo tan grande no podía simplemente esfumarse en el aire. Entonces recordó lo que su madre le había dicho cuando era niño: el amor decepcionado, el que ya nadie usa o el desgastado, termina en una isla que se ve desde la playa. El hombre tuvo que advertir desde ese momento que el amor de su esposa no era de los que podía recuperarse. Sin embargo y sin pensarlo dos veces, el hombre se embarcó hacia la isla.
En ese punto interrumpí a mi abuela preguntándole por qué mi papá no hacía lo mismo. Desde el muelle de la ciudad donde vivía también se veía una isla, así que me pareció totalmente razonable. Incluso me imaginé a mi papá remando en una pequeña balsa de madera.
-Espera a escuchar el final de la historia-sonrió.
‘‘Cuando el hombre llegó a la isla se encontró con un enorme río que, según la historia de su madre, arrastraba los amores perdidos tomando la forma de algo que los simbolizara. Debía alcanzar al amor antes de que fuera libre en el mar, porque estando ahí era imposible recuperarlo. Miró el río con atención hasta que vio el ramo que su esposa había usado en su boda flotando en el agua. Se lanzó dentro sin que le importaran las piedras filosas o el agua helada, porque él estaba dispuesto a todo con tal de que su esposa volviera a amarlo. Pero olvidaba una parte importantísima de la historia; y es que aquel era un río mágico que se alargaba interminablemente cuando alguien quería impedir que el amor llegara al mar. Porque, aunque nos cueste entenderlo y por más grande que haya sido, el destino de algunos amores es fundirse con el mar, donde es libre de todo. Es posible salir del río, pero la gente que se atreve a nadar en él por lo general tiene la terquedad y determinación para seguir. Este hombre pasó su vida entera en la isla, luchando por algo que tendría que haber dejado ir. Tendría que haberlo aceptado y, tal como el cauce del río, seguir adelante. Pero escogió entregarle su vida al amor perdido, ignorando que cuando un amor está destinado a acabarse entre más lo buscas y persigues más se aleja. Mientras nades en el río le impedirás llegar al mar donde por fin serán libres, el amor y las personas que alguna vez lo sintieron.
-Tu papá conoce la historia, por eso no va a la isla-concluyó mi abuela ante mi mirada confundida.
Después de algunos años supe que la historia era una metáfora, con el río siendo el tiempo y el mar el olvido. Aunque el amor llega a ser más complicado que cuestión de tiempo y olvido, he comprobado la moraleja de la historia: buscar lo que nunca volverá es una forma romántica de perder el tiempo.
