Por: Martha L. Figueroa
Cuando la tormenta de arena desapareció a su hermana gemela aún era común ir por agua al único pozo que había cerca del pueblo. El agua ya era potable pero a causa de las eternas horas de sol salía caliente de las tuberías. Era entonces cuando la gente, más por tradición que por necesidad, se alejaba del pueblo en busca del agua helada del pozo. Había que caminar unas dos horas bajo la intensa luz del sol, en ocasiones resistiendo la embestida de ráfagas de arena que el viento levantaba. Se sentía como si miles de agujitas se encajaran en la piel al mismo tiempo, por lo que el pequeño viaje debía hacerse completamente cubierto. Su hermana se envolvía toda en una tela color arena, dejando al descubierto sólo sus ojos amarillos. Él usaba una tela azul oscuro y gafas para protegerse del resplandor del sol y del viento.
Cuando despertaron el día se veía tranquilo, paralizado por el calor desde el momento en que abrieron los ojos. Ni siquiera la madre de ambos que algo tenía de clarividente sospechó del destino fatal que uno de sus hijos encontraría esa mañana.
Al caminar por el desierto era importante no alzar la vista. De esa manera se protegían los ojos, se estaba alerta en caso de que apareciera un alacrán o una serpiente y se vigilaba que el contenedor de agua no se atorara al rodar. Su hermana siempre caminaba detrás de él, pisando sus huellas. Habían transcurrido unos cuarenta minutos cuando el aire comenzó a sentirse diferente. Parecía más pesado, como si estuviera cargado con electricidad. Siempre estuvieron unidos y era normal que hicieran los mismos gestos al mismo tiempo, pero esta vez ella no levantó la vista junto con su hermano, como si la cuerda que los unía ya se hubiera roto. Ante ellos se alzaba una muralla de arena rojiza que avanzaba con rapidez. Alcanzó a gritarle a su hermana, ordenándole que se acercara a él, pero desde entonces supo que no volvería a verla. Lo sentía en el vacío que ya le ahuecaba el corazón. Antes de arrojarse al suelo un poco de arena logró entrarle a los ojos, haciéndoselos arder casi con el mismo dolor que le causaba no saber dónde estaba su hermana.
Se puso de pie y comenzó a gritar cuando dejó de sentir y escuchar el arreciar de la tormenta. Estaba temporalmente ciego, incapaz de abrir los ojos que la arena le había sellado. Al cabo de unos minutos pudo ver entre las pestañas, y lo primero que atrapó su mirada seca fue un resplandor entre la arena. Era el ópalo que su hermana usaba alrededor del cuello. Esperó a que las lágrimas acudieran y lavaran sus ojos, pero no pasó nada. No lloró mientras removía la arena con desesperación, ni en el camino de vuelta ni cuando le mostró el ópalo al resto de su familia. Ni siquiera cuando escapó de noche a una ciudad más húmeda las lágrimas acudieron a sus ojos.
No le había contado a nadie de su condición cuando conoció a una mujer de ojos compasivos que nunca dejaban de lagrimear.
Al principio envidiaba su rostro eternamente húmedo por las lágrimas, pero comenzó a sentir lástima por ella cuando la veía usar impermeables sobre vestidos elegantes para no arruinarlos. Una noche en que el viento y la lluvia hacían retumbar las ventanas le contó que no podía llorar, y cómo eso le llenaba el cuerpo de inquietud y le llenaba el corazón de aire. Ella, para su sorpresa, dijo que comprendía y que seguramente todo se solucionaría.
Era un hombre de presentimientos y corazonadas, así que no la besó hasta que algo se lo ordenó. La vio enderezarse sobre su toalla y contempló conmovido el resplandor de su espalda morena, sintiendo cómo su seco y vacío corazón se llenaba de un líquido caliente que le subía por la garganta en forma de sollozos, pero que fallaba en llenarle los ojos de agua.
