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lunes, marzo 9, 2026

CUENTO… Destino que nunca llega

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Por: Martha Figueroa. 

La única vez que el destino permitió que conviviéramos representó solo una porción de nuestra ‘‘vida en común’’, durante un verano anormalmente frío. Tampoco era como que las temperaturas se acercaran a las del invierno, pero recuerdo con precisión cada uno de los suéteres delgados que se ponía encima de los vestidos sencillos que usaba. Ambos enseñábamos natación a niños, y cuando salíamos del edificio donde estaba la piscina yo le daba mi toalla para que se la pusiera sobre el bañador. Para ser tan atlética fumaba mucho. Era capaz de nadar cien metros en cualquier estilo en un tiempo casi olímpico, y cuando jugábamos carreras siempre me ganaba. Desde entonces debí saber que lo bien que nos llevábamos a pesar de ser tan diferentes debió molestar al universo y nunca nos dejaría estar juntos. Ella enseñaba natación porque no tenía nada mejor qué hacer, y yo porque realmente me gustaba y pensaba dedicarme a eso. Yo me emborrachaba cada fin de semana porque no tenía nada mejor qué hacer, y ella porque en realidad parecía disfrutar de la inconsciencia que brinda el alcohol. A veces era notorio que algo de adentro andaba mal con ella, pero en general sabía disimularlo muy bien. Tocaba el piano y cantaba, y aunque a veces desafinaba hacía parecer sencillas las melodías más complicadas. Viendo el poco esfuerzo que necesitaba imprimirle a sus movimientos para que le salieran perfectos pensaba que fácilmente podría imitar su baile. Ahora pienso que ese era su problema: nada representaba un verdadero esfuerzo para ella. Además de las razones que me dio después, tal vez por eso es que siguió dándome señales, porque reunirse conmigo requería sobrepasar miles de obstáculos. Cuando recién nos conocimos me dijo que sólo iba a la ciudad donde yo vivía en las vacaciones de verano. Yo nunca la había visto antes así que la explicación no me dejó satisfecho, pero no pregunté nada más y traté de no pensar en el final de las vacaciones. Para cuando me dijo que se iría antes de tiempo yo estaba tan enamorado que confiaba ciegamente en que volveríamos a estar juntos, esta vez para siempre. Pasaría dos semanas en un pueblo y luego volvería a la capital, o al menos ese era el plan. No fue hasta el final de nuestros últimos instantes juntos, en la fiesta de final de los cursos de natación, que me dijo que tendríamos que mandarnos cartas. La correspondencia recién dejaba de ser común pero yo estaba dispuesto a lo que fuera con tal de no perderle la pista. Su caligrafía era horrible y era fácil confundir sus ceros con oes y sus eles con íes, así que mandé cartas a cada una de las posibilidades que representaba la dirección escrita en la servilleta manchada de un líquido amarillento. Ella había dicho que en ese lapso de dos semanas podríamos intercambiar hasta dos cartas porque el correo era bastante rápido. También, en su borrachera, me había prometido escribir en la segunda carta la dirección y el teléfono de su casa en la ciudad. Así que dos viernes después de verla por última vez me odiaba por no haberle pedido que escribiera bien, o que de una vez me hubiera dado aquel número de teléfono o de por lo menos haberle dado mi dirección. Traté de sacarle información a su abuela, pero tenía algo de demencia senil y no logré sacarle más que galletas duras acompañadas de té amargo. De ahí en fuera, no había nadie que supiera algo de ella. Busqué en la oficina de la piscina donde nos conocimos, pero resultó que había entrado por recomendación de quién sabe quién y por eso no tenían ningún registro de ella más allá de su nombre. Podría viajar hasta el pueblo donde estaba, pero la verdad era que no recordaba su nombre. Cuando me lo dijo estábamos tan borrachos que era un milagro que pudiéramos darnos a entender. Aquello era como una carrera sin final aparente, donde cada tres pasos retrocedía dos a causa de obstáculos que ningún hombre había tenido que sortear en pos de una mujer. Ya no era ningún niño, pero seguía con el pensamiento inocente de que si algo está destinado a suceder sucederá, así que me convencí de que había hecho mi mejor esfuerzo y sólo me quedaba esperar.

Mis clases de universidad comenzarían pronto, y entre la mudanza y la escuela lograba olvidarla por lo menos a ratos. Faltaban dos semanas para mi cumpleaños cuando mi mamá llamó y me dijo que un arreglo floral con una botella de tequila y un perro de peluche había llegado a la casa. El de la florería le dijo que era un regalo de cumpleaños anónimo para mí. Mi mamá armó más escándalo por la botella que por el anonimato del remitente, y me gritó mientras yo pensaba que tenía que ser ella; después de meses lo que tenía que suceder estaba sucediendo. Cuando volví a mi ciudad para mi cumpleaños me volví loco buscando alguna pista sobre su paradero en el regalo. Le quité los pétalos a las flores secas, deshilaché listones y descocí el perro de peluche, hasta que me desesperé y estrellé la botella contra la pared. Miré embelesado como el tequila seguía su camino hacia el piso, de pronto demasiado cansado como para hacer otra cosa que no fuera quedarme ahí parado. Comencé a pensar que se habían equivocado de casa, y terminé diciéndome que ella había desaparecido de la faz de la tierra porque simplemente nunca había existido. Luego bajé la vista y vi que la etiqueta de la botella tenía escrito algo al reverso. Era su letra, esta vez más legible, y en el mensaje se leía un número de teléfono y una dirección. También decía que quería verme en la piscina para felicitarme por mi cumpleaños. Como mi cumpleaños había sido el día anterior corrí a marcar el número de teléfono. Mientras escuchaba la línea muerta sostenía la etiqueta en mi mano, y pensaba en la última vez que ella me había tocado. Fue cuando terminó de garabatear en la servilleta y me la puso en la mano, poniendo la suya encima. Me miró con los ojos entrecerrados, con tan sólo un reflejo verdoso escapando de sus pupilas, y supe que podría olvidar todo, menos ese instante. Casi al mismo tiempo que colgaba me puse a escribirle, diciéndole todo lo que sentía y sin olvidar incluir mi nueva dirección. Ahora todo saldría bien, ella me contestaría e incluso podríamos planear un encuentro. Pero pasó algo inverosímil que frustró mis planes de ser feliz en un futuro próximo: la oficina de correos se incendió por completo y sin cobrar ninguna víctima más que la correspondencia. Entonces me rendí. Comencé a ignorar la parte de mí que le pertenecía, que era ella, y me busqué una novia que no se le pareciera en nada. Cada cumpleaños por los próximos cinco años seguí recibiendo aquellos regalos con mensajes incluidos y citas imposibles de concretar. Durante el resto del año conseguía ignorarla, pero cada veintidós de febrero todo era sobre ella y esperar su regalo. Cuando cumplí veinticuatro supe que algo andaba mal desde que abrí los ojos a las cinco de la mañana. Los colores se veían deslavados y me costaba levantar los pies del piso. El regalo llegó como era de esperarse, igual que siempre: un peluche, una botella de tequila con la etiqueta escondiendo un mensaje y flores amarradas con listones de colores. Me sentía despojado y con un vacío dentro del pecho, pero decidí ignorar los pensamientos fatalistas.

Luego, leyendo el periódico, leí su nombre. No lo veía desde hacía casi seis años, cuando lo vi en los registros de la piscina. Nunca se molestó en escribirlo en las notas. Su nombre aparecía en un recuadro muy pequeño, y no caí en cuenta de lo que veía hasta que alcé la vista y me percaté de que estaba leyendo la sección de esquelas. Le arranqué la etiqueta a la botella y vi que, aunque se le asemejaba mucho, aquella no era su letra. No era lo suficientemente fea.

Hacía meses que me había mudado a la capital y me la vivía buscándola en las piscinas, en las fiestas y en las licorerías. No la había encontrado porque estaba hospitalizada, y seguí recibiendo regalos porque los dejó pagados para cuando ella muriera. Por eso no se quedó conmigo, porque se sabía enferma y no quería que me encariñara con ella, pero no fue tan fuerte como para dejarme en paz del todo, leí en una nota de hace cinco años. Han pasado casi dos décadas, y aún recibo botellas con etiquetas personalizadas.

Casi siempre me pide que la vea en lugares que ella sabía que me gustaban, y otras veces donde a ella le hubiera gustado estar. Aunque desde el día en que murió dejé de sentirla con la fuerza de cuando estaba viva, todavía siento tirones en el corazón cuando nado o me emborracho con alguien de ojos verdes en una noche de verano anormalmente fría.

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