Nunca nadie pudo identificar qué fue lo que cayó del cielo y luego arrastró el río aquel septiembre anormalmente canicular. Se supuso que había caído del cielo porque tenía alas y que el río lo había arrastrado porque la criatura fue encontrada semi-enterrada en sus orillas. Una vez que la lavaron con jabón en una tina con agua del río se dieron cuenta de que ni siquiera los ancianos lograban identificarla con alguno de sus numerosos recuerdos. Sus alas eran dos veces más grandes que su desmadejado cuerpo que supuraba un líquido azul. Una vez lavadas casi encandilaban por su blancura, y el párroco recién llegado se apresuró a decir que eran tal como las alas de los ángeles pintados en la cúpula de su templo. Pero aquello no podía ser ningún enviado de Dios a la Tierra. Los ojillos pardos de la criatura reflejaban la misma maldad esquiva de un vulgar político, y las garras que le descubrieron entre el pelo duro y blanco parecían capaces de arrancarle la piel a alguien. Mas no le hizo daño a nadie, pues parecía que la criatura estaba demasiado concentrada en no morir como para usar sus fuerzas en algo que no fuera respirar.
Uno de los últimos en acercarse a la multitud de curiosos fue Sebastián. Entre el trabajo y su hija enferma le quedaba poco tiempo para enterarse de las cosas que ocurrían en el pueblo. Se abrió paso entre la gente y después de contemplar el pecho agitado que le recordó al de su hija, regresó a su casa. El calor estaba en su hora más insoportable, con el sol achicharrando la piel si uno se exponía a él por más de cinco minutos. Antes de entrar al cuarto donde Elena respiraba con dificultad se dio un baño para enjugarse el sudor y el polvo.
Aunque la niña no necesitaba vigilancia las veinticuatro horas-de hecho estaba doce horas sola mientras su padre trabajaba-Sebastián vivía preocupado por quién le cuidaría los pulmones secos a su hija. Esa era la impresión que daba la respiración de Elenita, como si sus pulmones se hubieran secado y ahora cascabelearan con cada inspiración de aire. Su madre se había marchado después de que ningún doctor le pudo dar un diagnóstico certero. Ella argumentó que la niña era presa de brujería, y que pronto le contagiaría el maleficio. La verdad era que sólo buscaba un pretexto para dejar al hombre que le había prometido riquezas y le había pagado con una pequeña casa de madera y piso de cemento. Entonces quedaron sólo Sebastián y Elenita, y en ocasiones la mamá de él.
La niña dormía en la cama que había ocupado el matrimonio y su padre en un catre en el mismo cuarto para así poder vigilarla. Cada noche sin falta, cuando Elenita por fin lograba conciliar el sueño, Sebastián se despertaba agobiado por el calor. Pero la noche del miércoles en que la criatura fue hallada no se despertó. Soñó con ese algo con alas, y le decía que sus alas eran en realidad aletas para nadar en el mar. Le prometía que si lo llevaba allá los pulmones de su hija volverían a humedecerse y el insufrible verano daría paso al fresco otoño. Cuando despertó y vio que el día siguiente sería veintiuno de septiembre supo que debería llegar al mar esa misma noche. Encargó a Elenita con su abuela y cargando con sólo una cantimplora, dinero y una red de pescar salió con rumbo al atrio de la iglesia, donde tenían a la criatura. Estaba enjaulada y con candado, pero torpemente alguien había dejado la llave colgando de uno de los agujeritos de la jaula. La verdad era que el alboroto inicial había pasado y nadie tenía tiempo de cuidar de un adefesio en agonía. Sin siquiera mirar a su alrededor echó a la criatura dentro de la red y se echó la red al hombro. La punta de las aletas manchadas de lo que parecía ser sangre azul rozaba la tierra de los caminos desiertos que llevaban al río. La mayor parte del camino tendría que ser por tierra para evitar los rápidos y el resto en una balsa que planeaba rentarle a algún pescador. No llevaba reloj, pero a juzgar por la posición del sol debían ser las tres de la tarde cuando el agua dejó de accidentarse por el lecho rocoso. Después de aquello no hubo mayor problema para conseguir una balsa con remos para el viaje de regreso. La travesía constó en sortear algunas piedras filosas en la orilla cuando iba caminando y después en el río, pero además de eso no hubo ningún obstáculo de consideración. Llegarían a tiempo. La criatura parecía animarse cada vez más, como si ya pudiera escuchar el ruido de las olas. El agua se tornó salada ya muy entrada la noche, cuando era posible ver todas las estrellas que se pueden ver en una noche sin luna. Sebastián desenredó al animal de la red y se maravilló al ver que aquel líquido azul brillaba al contacto del mar oscurecido. Cuando no hubo nada qué ver entre las olas se percató de la brisa que le refrescaba la piel y del hambre que le hacía nudo el estómago.
Antes de comenzar a remar contra corriente se tomó el tiempo de, con los ojos cerrados, sentir en todo el cuerpo que había hecho lo correcto. Al llegar al pueblo en la tarde del día siguiente se encontró a todos usando chaquetas ligeras y a su hija con las mejillas rosas y con el pecho aún agitado, pero ahora por corretear con los demás niños.

