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lunes, marzo 9, 2026

Sacudiendo los holanes y los olanes… El costo de ser mujeres en tránsito

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Saracostti habla de “mujeres en tránsito” al referirse a esas mujeres que caminan, entran, salen, ida y vuelta entre el espacio privado y el espacio público, es decir, entre el hogar, lo doméstico y el trabajo, la participación en organizaciones, la política. Dichas mujeres son aquellas que además de cumplir (según cifras del INEGI) con las 29 horas semanales dedicadas al trabajo doméstico, más las 28 horas semanales dedicadas al cuidado de los otros, ocupan el resto de sus horas para el trabajo, y otras, dentro del campo político, cumpliendo así con las dobles o triples jornadas de trabajo.

Son estas mujeres en tránsito las que actualmente están ocupando los puestos políticos y tomando decisiones para mejorar la calidad de vida de sus comunidades pero aún son pocas. En abril de este año se consolidó, en Sonora, la paridad de género.

Ésta implica que los partidos políticos deberán postular a 50% mujeres y 50% hombres para ocupar los puestos públicos. La modificación al Artículo 150 – A de la Constitución del Estado es un parte aguas en la equidad de género pero también implica un gran reto, que las mujeres decidan decir sí a la participación política.

La historia de las mujeres en la política no es mínima, son ellas quienes han impulsado movimientos, acciones de cambio, quienes han llevado a hombres al poder, las que organizan las reuniones en sus casas, hacen pancartas, salen a las calles, gritan y se hacen oír cuando de elecciones se trata, ellas son parte de la política. Sin embargo, la participación que ahora se está requiriendo con la reforma a la Constitución, es una en la que el ejercicio del liderazgo se vea, se note, es estar de lleno en el espacio público.

Hace unos días me decía un vecino “¡verás cómo batallo con las mujeres del ejido! No quieren participar”, cosas como ésta la escucho muchas veces, “no quieren participar, no quieren participar”, pero creo que es momento de preguntarse ¿por qué no quieren participar de esa forma? La visibilidad en la esfera pública a las mujeres les cuesta, tiene un costo social y moral pero esto se debe a los estereotipos de género, a lo que les han dicho que “debe ser” una mujer.

Según los roles de género, una buena mujer es aquella que solamente está en su casa y cuida a sus hijos, si alguna se atreve a hacer otra cosa vienen los cuestionamientos: ¿y a tus hijos con quien los dejas? ¿qué no te piensas casar? ¿No te parece que dejas mucho tiempo solos a tus hijos e hijas? ¿Qué piensa tu marido de esto? ¿Qué comen tus hijos cuando no estás?, rara vez estas preguntas se las hacen a los hombres. Esto quiere decir que, la mujeres que desea participar en la política, de entrada será una mala mujer ante los ojos de la sociedad, es el primer precio que tiene que pagar.

Segundo, el poco dominio de las reglas del juego del espacio público hace que las mujeres piensen dos veces dar el sí al protagonismo de la vida política al pensar, “no estoy preparada para eso”, y yo pregunto ¿todos los hombres que están en la política, están preparados y capacitados? Pues la verdad es que no, no todos, porque la política, como

cualquier actividad u oficio se aprende haciendo. Sin embargo, a las mujeres se les monitorea y revisa con lupa el tipo de decisiones que toman, sólo veamos los casos de Dilma Rousseff, Michelle Bachelet, Cristina Fernández. Las mujeres en el poder pagan un costo distinto por sus decisiones que el que pagan sus compañeros hombres.

A las mujeres que participan en el campo político también se les juzga por su apariencia, su físico y forma de vestir, atuendos y manera de conducirse, a los hombre en el poder nunca se les cuestiona el costo de su traje, ni los gastos en el peinado y corte de cabello y mucho menos si son de complexión delgada o gruesa. Estar siempre sonriente y bien vestida según el lugar es otro precio caro adicional para las mujeres políticas.

En unas mujeres más que en otras la culpa es la factura más alta. Aún que cada vez más somos conscientes de los roles y estereotipos y trabajamos por romperlos, aun así las mujeres siguen estando entre la dualidad de buenas o malas. Actualmente, la culpa es el principal obstáculo que le impide a las mujeres crecer en el ámbito público, aún hay mujeres diciendo que no a puestos importantes por las implicaciones del tiempo lo que significa muchas horas en el trabajo pocas horas en la familia; Aún hay mujeres diciendo no a la participación política porque sus parejas no están de acuerdo y dejarían de atenderlas. Y hay otras que seguimos sintiendo cómo se nos encoge el estómago cuando dejamos a los hijos al cuidado de otros y de otras, aquellas que quieren compensar la ausencia con cosas. Las mujeres en el poder no son ajenas a este sentimiento.

Sí, el costo es muy alto, pero se puede pagar sin salir con números rojos. Es necesario que las mujeres tengan claro que el contexto no va a cambiar de la noche a la mañana, que ser mujeres en tránsito requiere de una lucha diaria, además de las que ya se libran, por cambiar la cultura, por educar a nuestros hijos e hijas con los valores de la igualdad, equidad y tolerancia, pero además que es imprescindible que se trabaje en la propia capacitación sobre el contexto y los problemas de la comunidad, que además se hagan redes con otras mujeres para crecer, pero sobre todo, que hagamos nuestra la sororidad, ese pacto entre mujeres por ayudarnos unas a otras a pagar la cuenta que se cobra por participar en la vida pública.

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