Por: María del Carmen Figueroa Soto.
Cananea, Sonora.- Una hermosa joya, mujer, madre, abuela, bisabuela, tatarabuela, trastarabuela, en total 6 generaciones le preceden a la estimada señora, Guadalupe León Ramos, quien nace en Cananea un día 25 de agosto de 1916, a las 8:20 p.m., hora que viene inscrita en su acta de nacimiento. Aunque no se asistió con doctor, su madre le platicó que después llegó el Doctor John Lapsley a revisarla solo para encontrarse con que todo estaba bien. Su nacimiento fue en el primer asentamiento humano que estableció el General Pesqueira, en el barrio de Cananea Vieja.
Y así comienza el relato de su historia – tuve una infancia feliz, y aun recuerdo juegos como la cuerda y la bebeleche. Estuve en la Escuela Ignacio Manuel Altamirano, hasta 3er grado ya que en esos años no se consideraba necesario estudiar más tiempo. Eso era suficiente, en esas épocas, sobre todo para las mujeres.
Una vida de lo más normal en donde veíamos los sucesos pasar con la inocencia propia de la niñez, tenía 9 años, fue en el año 1925 cuando un gran incendio se desató en el edificio que hoy es Bancomer. Se decía que se quemó el banco e igualmente el edificio de nombre Gabinete, además del Teatro Royal, entre otros edificios.
Mi madre, Consuelo Ramos, me relató muchos sucesos como el de que a Toribio Caballero lo ahorcaron en el puente de la Avenida Juárez por robar y que cuando lo colgaron en su dobladillo del pantalón tenían unas joyas que cayeron al suelo. Como yo tenía solamente 3 años, mi relato será lo que le escuche a mi madre.
También recuerdo una piedra muy famosa que existió atrás de la funeraria de la Sección 65 y que fue bautizada con el nombre de “El Morrito”, yo no sé para que lo tumbaron, comenta Guadalupe, si hay grandes recuerdos de ese lugar. Mi madre me contó que ahí lloro Pancho Villa al hablar a su gente y decirles a los que andaban con el que les daba la libertad porque ya no tenía para darles comida. Únicamente traía unas tortillas y unos pocos chiles para darles de comer, pero en ese momento nadie lo quiso abandonar.
Entre mis recuerdos tengo uno presente es el de las carretas que conducían a los difuntos hacia su lugar de descanso, y como no recordarlo si era mi padrastro, Bartolo Medina, el dueño de los caballos alazanes que las conducían. ¡Con que elegancia vestían el carruaje! Si era niño lo vestían con una malla color blanco y unas hermosas plumas, si era adulto color negro e igualmente con plumas. En una ocasión mi padrastro llevaba un difunto cuando el caballo se encabritó. El accidente lo tomó por sorpresa y cuando llegó a casa recuerdo que le comentó a mi madre, por poco y había dos difuntos.
Mi esposo se llamaba Estanislao Calderón Mier, quien trabajaba como jardinero de la familia Green. Un día al pasar por casualidad por donde se estaban dando las cartas para ingresar a la mina mi esposo decidió poner solicitud y para su sorpresa lo llamaron a trabajar. Recuerdo como la señora Mary Proctor, ya viuda de Greene, le dijo que porque si quería ganar más no le había pedido un aumento de salario, a lo que él le contestó que lo dejara trabajar un tiempo en la mina para no quedar mal y después se regresaría con ella. Cosa que ya no hizo pues se jubiló después de 42 años, en el departamento de tubería en el tajo. La familia creció y se dedicó a proveer y yo a apoyarlo para sacar a nuestros hijos adelante.
Orgullosamente así sucedió y hoy son ellos mi compañía y fortaleza.
Finalmente fallece mi esposo el 18 de febrero de 2015, pero sus recuerdos perduran por cada rincón de mi casa, donde los detalles que él personalmente le puso a nuestra casa se mantienen intactos.
Amado, Imelda, Manuel (finado), Eduardo, Francisco, Guadalupe, Silvia, José Jesús, Gilberto y Antonio, son sus afortunados y orgullosos hijos, portadores de la historia de sus padres. Uno de sus hijos me comentó que una vez salió su madre cerca de la casa, era una ocasión que portaba el bastón, el que usualmente no usa, cuando vio que cerca había gente lo escondió detrás de ella. Le preguntó por qué hacía eso y ella le contestó, van a pensar que soy viejita.
Guadalupe León, a sus 99 años, una historia viviente, una mujer con una fortaleza y actitud envidiable, de sonrisa cautivante es orgullosamente mujer cananense.
