Los roles y estereotipos de género, es decir lo que dice la sociedad que “deben y no deben hacer” las mujeres y los hombres, han colocado a las primeras en el espacio privado, en lo doméstico, y a los segundos en el espacio público, fuera del hogar.
Esta distribución de espacios generó prácticas y creencias que se han desarrollado a lo largo de las generaciones, de eso estamos construidas. Las mujeres “calladitas se ven más bonitas”, las mujeres como “las escopetas, cargadas y detrás de la puerta”, estos dichos populares encierran mucho de nuestra cultura y de lo que se espera de nosotras. A las mujeres se nos concibe como objetos y no como sujetos.
Esto del empoderamiento de las mujeres no es nuevo, tienen sus antecedentes en las mujeres sufragistas, aquellas que lucharon por el voto femenino y también en todas las mujeres que desde varias trincheras han revolucionado a la sociedad para exigir mayores condiciones de igualdad de las mujeres frente a los hombres. Empoderarse significa considerarse sujeto y no objeto, sujeta de derechos y con derechos, consolidar la independencia y la autonomía.
Citando a Marcela Lagarde “la parte práctica del empoderamiento es lograr que las mujeres no flaqueen, no sean víctimas del chantaje y de hostilidad emocional o ideológica, no se expongan a la violencia, aprendan a protegerse y evitarla, y que al enfrentar los retos no sólo se mantengan, sino que profundicen y avancen en sus convicciones y sus nuevos objetivos”, es tener sueños y herramientas interiores y exteriores para llevarlos a cabo.
El empoderamiento de la mujer se oye fácil pero no es así, a las mujeres que queremos o figuramos en los espacios públicos la sociedad “nos lo cobra”. Se nos recrimina por dejar a los hijos o a la pareja, se nos señala por no cumplir con lo que es ser “una buena mujer” además de la generación de las propias culpas; eso nos lleva a ser nombradas como atrevidas, malas madres, malas mujeres, solo piensen, cuántas de las que estamos aquí antes de llegar tuvimos que dejar listo quien cuidara a los hijos, la cena lista y la casa limpia. Es necesario que comencemos a generar dinámicas donde todos lo miembros de la familia puedan transitar sin problema entre el espacio público y el privado.
Es así como el empoderamiento, requiere necesariamente de la participación y transformación de la sociedad, la cultura y el Estado. Son necesarias leyes que respalden la integridad y el desarrollo de las mujeres, pero también es imprescindible la creación de programas que cambien la visión de mundo de las mujeres; el empoderamiento es la realización de cambios personales que impacten en la comunidad.
La participación del estado no es de “ayuda a las mujeres” es de colocar las bases para una transformación de la identidad de las mujeres. Las mujeres empoderadas cambian su forma de pensar, amplían su visión de mundo y de la vida, aumentan sus capacidades y habilidades, adquieren seguridad y fortaleza, adquieren poder hacia si mismas. Las mujeres empoderadas son libres de pensamiento, toman sus propias decisiones, deciden sonreír cuando ven su reflejo en el espejo.
