Un rotundo éxito el Festival Cultural de Otoño, Cananea 2015. Es realmente increíble lo que se puede lograr por mero “amor al arte”, literalmente. Muchas felicidades a todos sus organizadores.
En mi columna anterior les platicaba un poco sobre el “impuesto minero” y la gran oportunidad que representa para el desarrollo de nuestra comunidad. Hacíamos la analogía con el México de los 80’s (nadando en petróleo y ahogado en deuda), intentando establecer el riesgo que representa el incurrir en deuda para financiar este desarrollo, especulando con los ingresos que se pudiera tener en el futuro.
Hoy les quiero hablar sobre el caso de Alaska. En el verano de 2002, unos tíos muy queridos (por parte de mi abuela materna) que habían estado viviendo en San Diego, California se regresaban a vivir a Anchorage, Alaska. La mayor parte de las 25,000 libras de mudanza se envió por vía marítima pero ocupaban que alguien condujera hasta su destino uno de sus “pickups”, cargado hasta donde lo permitía la ley. Inmediatamente me ofrecí de voluntario, era la oportunidad de conocer aquellas lejanas tierras con las que tanto había fantaseado de niño leyendo novelas de Jack London.
Fue un recorrido muy relajado de once días, siguiendo la costa oeste de Estados Unidos principalmente por la Interestatal 5. Las vías rápidas y rascacielos de Los Ángeles se evaporaron abriendo espacio a los extensos campos de cultivo de California. Estos a su vez cedieron terreno a los pastizales de Oregón y después a los densos bosques del estado de Washington. Crucé la frontera cerca del lluvioso Seattle y me recibieron la calidez de los canadienses, el sorpresivamente delicioso sabor de las papas fritas con vinagre y la majestuosidad de las montañas de la Columbia Británica. La tundra y el sol de medianoche del Yukón me terminaron de preparar para todo lo que viví ese fabuloso verano. Tal vez luego les relate unas pocas de esas aventuras, por lo pronto lo que quiero contarles es sobre cómo administra Alaska su abundancia.
Resulta que en 1968 descubrieron inmensos yacimientos de petróleo en el norte de Alaska, alrededor de la Bahía de Prudhoe. Por estar congelada la mayor parte del año, les resulta imposible a los grandes buques petroleros entrar a cargar el oro negro. Por esa razón, se construyó un oleoducto de 48 pulgadas de diámetro y casi 1300 Km de longitud mediante el cual se bombea el crudo hasta el puerto de Valdez en la parte sur del estado y de ahí se embarca a sus diferentes destinos.
A diferencia de nuestro país, la industria petrolera ahí es propiedad privada y estas empresas pagan cuantiosas cantidades por concepto de regalías e impuestos de explotación al estado de Alaska. Es tan grande esta cantidad que en el estado de Alaska no hay impuesto sobre el ingreso (ISR en México) ni sobre el consumo (IVA en México). Todo el gasto público del estado se financia con los impuestos petroleros y no solo eso, sino que al final del año fiscal se reparte lo que sobra entre los ciudadanos a través del Alaska Permanent Fund. En 2014, por ejemplo, le tocaron $1,884 dólares a cada hombre, mujer y niño que comprobara que vivió el año entero en ese estado.
Suena fantástico, ¿cierto? Pero, ¿qué pasará cuando se agote el petróleo? No existe una base fiscal que soporte en un determinado momento la carga del gasto público básico. De aquí se desprende la segunda lección que debemos tener muy en cuenta en Cananea. Aun cuando comience a fluir el ingreso adicional del impuesto minero debemos seguir operando como si ese dinero no existiera. Debemos seguir realizando esfuerzos por alcanzar una administración pública cada vez más efectiva no solo en la ejecución del presupuesto asignado sino también en la recaudación. Hay un rezago histórico por concepto de prediales, por ejemplo, y los esfuerzos de pasadas administraciones por reducir este déficit se ha limitado a ofrecer descuentos a los que liquiden su adeudo. Lo único que logramos con premiar a los morosos es fomentar la cultura del “no pago”.
El Ayuntamiento tiene grandes necesidades en este momento y hay que ayudarle. Considero oportuno el lanzamiento de un programa de descuentos pero para el que pague de manera anticipada el impuesto predial del año entrante, por ejemplo. Aunado a esta medida se deberá aplicar la ley sin distinciones a los que no quieran cargar con su justa parte para sacar adelante a nuestro Cananea. Tiene un costo político, es cierto, pero lo justo es lo justo y hay que entrarle.
Por hoy, aquí la dejamos. En la próxima columna les platico sobre el caso noruego, está muy interesante.
