Mi cuñado Pancho y yo salimos de cacería el fin de semana. Cada uno portaba una escopeta retrocarga y una lámpara para aluzarnos en la noche.
Partimos a caballo de la ranchería por un camino de terracería, luego enfilamos hacia las partes altas de la montaña siguiendo angostas veredas que desaparecieron conforme nos internábamos en las áreas más tupidas.
Llegamos hasta un lugar que no recordábamos haber explorado anteriormente, en donde se erguía una impresionante muralla de enredaderas espinosas como si quisiera resguardar lo que había detrás de ella. Desensillamos los caballos y los dejamos pastando a sus anchas; mientras, a machetazo limpio nos abríamos paso a través de la intrincada enredadera que se volvía a tupir a espaldas nuestras.
Finalmente cruzamos arribando a un paraje repleto de hojarasca que crujía a nuestro paso, justo cuando la noche se quedó trabada en la cerrazón del cielo. Hubo meteoros que surcaron la oscuridad como antorchas fugaces, y unas luces raras que parecían detenerse por momentos y después avanzaban, se detenían y avanzaban.
