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domingo, marzo 8, 2026

LAS DOS LÁMPARAS

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 RUBEN AYALAMi cuñado Pancho y yo salimos de cacería el fin de semana. Cada uno portaba una escopeta retrocarga y una lámpara para aluzarnos en la noche.

Partimos a caballo de la ranchería por un camino de terracería, luego enfilamos hacia las partes altas de la montaña siguiendo angostas veredas que desaparecieron conforme nos internábamos en las áreas más tupidas.

Llegamos hasta un lugar que no recordábamos haber explorado anteriormente, en donde se erguía una impresionante muralla de enredaderas espinosas como si quisiera resguardar lo que había detrás de ella. Desensillamos los caballos y los dejamos pastando a sus anchas; mientras, a machetazo limpio nos abríamos paso a través de la intrincada enredadera que se volvía a tupir a espaldas nuestras.

Finalmente cruzamos arribando a un paraje repleto de hojarasca que crujía a nuestro paso, justo cuando la noche se quedó trabada en la cerrazón del cielo. Hubo meteoros que surcaron la oscuridad como antorchas fugaces, y unas luces raras que parecían detenerse por momentos y después avanzaban, se detenían y avanzaban.

 

Pancho le dijo a su cuñado que había presentido algo así como un animal merodeando en los alrededores.

“A eso vinimos, Pancho, a cazar, ojalá tengamos suerte. Pero antes de iniciar la cacería dame unos minutos, pues me llegó la urgencia de una necesidad fisiológica”.

Y lo dejó solo, en medio de la más espantosa oscuridad, haciendo crujir la hojarasca al alejarse. Pancho encendió un cigarro para esperar, y perdió la noción de cuánto tiempo estuvo esperando. Volvió a sentir la presencia de algo en los alrededores, detrás suyo. Grande fue su sorpresa al voltearse y mirar a una distancia no mayor a treinta metros, una figura que se detuvo sin hacer el menor ruido y permaneció observándolo sin acercarse más.

Pancho oprimió la escopeta con ambas manos y caminó alejándose de aquella cosa. “Podría tratarse de algún arriero extraviado, pero también podría ser uno de esos bandoleros que asolan últimamente la región”.  Cuando se sintió lo suficientemente alejado los vellos se le pusieron de punta al mirar otra vez, a una distancia no mayor  a treinta metros, aquella figura que lo había seguido sin hacer ruido a pesar de la hojarasca.

Armado de valor le apuntó con la escopeta. “Es mejor que se retire, sea lo que sea o sea quien sea, no me obligue a dispararle”. Y  entonces era la figura la que se alejaba de él rápidamente. La siguió dispuesto a desentrañar el misterio hasta la barrera de enredaderas espinosas, e hizo una descarga antes de mirarla atravesar la barrera como si se tratara de un fantasma.

Comenzaba a amanecer. Todavía no terminaba de reponerse del susto cuando una voz a sus espaldas lo hizo pegar tremendo brinco.

“Pancho, tienes que venir con nosotros, encontramos a tu cuñado en condiciones misteriosa, con el cuerpo lleno de arañazos de espinas”.

Llegaron a un jacal en la parte alta de la montaña.

-“Por qué dejaste que me llevaran, Pancho. Yo regresaba después de atender mi urgencia para empezar la cacería, y a una distancia no mayor a treinta metros de donde tú estabas me atraparon. Yo te gritaba: Pancho, no dejes que me lleven! Pero tú no escuchabas, Pancho.

-“Yo no me di cuenta de nada ni alcancé a escuchar nada. Cuando fuiste a tu necesidad te llevaste las dos lámparas, alegando que necesitabas aluzarte bien por aquello de las víboras y me dejaste en la más espantosa oscuridad.

-“Acuérdate, Pancho, que tú me pediste la mía porque insististe en que presentías un animal cercano y querías aprovechar para cazar algo. Tú te quedaste con las dos lámparas, Pancho. Y ellos me llevaron, me arrastraron sobre la hojarasca sin hacer el menor ruido. Llegamos hasta la muralla de enredaderas espinosas y la cruzaron en vilo llevándome a rastras. Todavía antes de cruzarla alcancé a oír una descarga de escopeta y pensé: ojalá que Pancho halla cazado un animal para comer carne mañana.

 Me acostaron sobre la vereda y se quedaron un rato observando mi miedo. Después se fueron y yo me quedé temblando todavía, suplicándole a Dios que me dijera por qué no habíamos hecho ruido al aplastar la hojarasca, suplicándole a Dios que me dijera, hasta que el desmayo me venció y me encontraron los arrieros”.

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