En el proceso de transformación de la materia en objeto, un humilde alfarero moldeaba ollas, cántaros, tazas, vasijas y lavabos de barro. La rueda de alfarería rotaba centrífuga. Manos cósmicas mezclaban mortero, agua, arcilla y sustancia cerebral. Un toque hechicero del artista, de algún modo sagrado creador dedicado a su oficio con paciencia.
De ahí directo al horno, el endurecimiento necesario por el fuego, la cocción de la materia ya moldeada para remover soplos acuosos de su coraza térrea.
Aire de enfriamiento era más tarde incorporado, entrelazando los fundamentales elementos: agua, tierra, aire y fuego.
Cansado de trabajar durante años haciendo figuras con la forma de objetos, decidió hacer su obra maestra al moldear un cuerpo humano. Para completar el proceso sopló sobre él como dándole vida. Mientras soplaba, una sensación de flotar en el pasado lo sumergió en un profundo trance, en una cámara de aire soporífico.
Cuando volvió en sí estaba desnudo, cubierto con una corteza de barro húmedo, y supo que aquel día era el primer día de su existencia.
(De mi libro: ”A Través de la Luz y Otros Rincones”).
