¿Defiende usted, a ultranza, la propiedad privada? ¿Le parece que levantar una empresa y dar trabajo a muchas personas es un acto loable? ¿Considera que la mejor forma de gobierno se consigue votando por aquellos que están preparados para gobernar? ¿Piensa usted que el Estado es un obstáculo para que el comercio fluya libremente? Pues bien, si responde afirmativamente a estas interrogantes, seguramente usted es un claro propagador de las ideas liberales. Pero ¿acaso alguna vez se ha preguntado de dónde vienen estas ideas, cuál es su historia, a quién sirven y a quién perjudican? Uno de los principales logros de la ideología dominante es conseguir que sus ideas sean aceptadas como buenas por la mayoría de la población, incluso por aquellos a quienes la misma ideología perjudica. Le propongo que nos detengamos en cada una de las preguntas, no para convencerlo de que deje de ser liberal, sino simplemente para que quede claro de qué lado está usted ubicado en la lucha por la justicia.
Sobre la propiedad privada.
Yo acuso
a la propiedad privada
de privarnos de todo.
Roque Dalton
Sin ninguna consideración histórica, como si hubiera existido propiedad privada desde siempre, la Declaración Universal de los Derechos Humanos sostiene que éste es un derecho intrínseco a la naturaleza del hombre, que nos viene por el simple hecho de ser humanos. La idea que justifica como natural la propiedad privada nació en el siglo XVII en Inglaterra cuando se buscaba cercar las tierras que pertenecían a los pueblos para que los poderes locales pudieran apropiarse de ellas y después venderlas, haciéndose así cada vez más ricos. Millones de personas fueron despojadas de sus tierras, que pasaron de ser propiedad colectiva a propiedad privada.
Uno de los argumentos más fuertes que utilizaron los ricos fue que las tierras, al ser de propiedad colectiva, no producían tanto como podían y que, por el contrario, si se destinaban a tierras privadas, el dueño podía poner a trabajar a la gente en ella para sacarle todo su provecho. Imagínese: es como si usted y su familia tuvieran una tierra que les pertenece a todos, ahí siembran y mantienen animales de granja que les permite vivir modestamente, con lo necesario, sin hambre. Después llegan los ricos a decirle que su tierra puede producir más y que como su familia y usted sólo producen para ustedes mismos, ahora esa tierra ya no les va a pertenecer, a menos que puedan pagar por ella (es decir, tendría que comprar su propia tierra). Como usted no es rico y no puede pagar por su tierra, se la quitan y si le va bien, le dan trabajo como peón subordinado a un nuevo dueño que ya no producirá para el consumo de su familia, sino que producirá, con el trabajo suyo, de su familia y de otros desafortunados, para vender a otros pueblos e incluso al extranjero. Todo el dinero que gane de sus ventas el nuevo dueño se lo apropiará y a usted le pagarán un salario con el cual pueda sobrevivir y seguir trabajando. Si le va mal, entonces tendrá que abandonar sus tierras y correr a las ciudades en busca de trabajo en las hacinadas fábricas de la revolución industrial.
Este es el origen del argumento más fuerte que justifica la propiedad privada de la tierra, que es, a final de cuentas, el medio más antiguo para reproducir la vida humana. Después de la privatización de la tierra vinieron las fábricas. Los que se hicieron ricos con la tierra que habían robado a los pueblos empezaron a construirlas. El argumento es que como ellos ponían el dinero, entonces las máquinas de la fábrica y todo lo que se produjera en ella era de su propiedad. Aquí el punto es que la propiedad se basa en el dinero y ya no en el trabajo y como los ricos eran quienes lo tenían, pues entonces ellos se convirtieron en los dueños de todo: de la tierra y de las máquinas. Por todas partes en el mundo se empezó a ver cómo crecía de manera desmedida un ejército de trabajadores sometidos a las leyes de los ricos. En estos tiempos se inventó la cárcel moderna, fue el período en el que más personas fueron asesinadas en la horca por crímenes contra la propiedad. Pero este fue solo el inicio.
Del siglo XVII en adelante muchas cosas han sucedido. En América Latina se adoptó por parte de los republicanos, de aquellos que hicieron las guerras de independencia en contra de sus metrópolis, la ideología liberal. Así que de este lado, en el siglo XIX, la privatización de la tierra tuvo otros efectos. Este siglo ha sido uno de los más sangrientos. A la par con los festejos de independencia en cada país, se sumaba la masacre de los pueblos indígenas, los primeros pobladores de estas tierras. La privatización de las tierras implicó el desconocimiento de las formas de producción de la vida que durante siglos habían sostenido a los pueblos en esta región. El argumento era que las formas colectivas de la propiedad eran atrasadas, que los pueblos indígenas eran un obstáculo para el progreso, por lo mismo: porque esas tierras podían producir masivamente, mientras que los indígenas sólo las trabajaban para su sustento. Así fue como nació la idea de que los indígenas son “flojos”, porque el grado de producción de su trabajo no se parece en nada a la producción masificada que buscan los ricos y no se parece en nada porque mientras que a los nuevos propietarios les interesaba la acumulación sin límites de dinero, a los otros lo que les importaba era la vida, no sólo la propia, sino la de toda la naturaleza.
Pero la verdad es que esta historia no es del pasado, sino que se mantiene presente aún en nuestros días. Hoy por hoy vemos de qué manera la alianza entre gobierno y empresarios se ha convertido en un frente que ataca de manera brutal lo que queda de propiedad comunitaria y ejidal en los pueblos. La necesidad que tienen los empresarios nacionales e internacionales de una mayor cantidad de recursos naturales ha recrudecido su cacería en contra de los pueblos indígenas y en contra de todo lo que suene a comunidad. Basta con revisar cuántos líderes de movimientos sociales que defienden la tierra han sido asesinados o encarcelados los últimos años. La lógica de la privatización de la tierra se ha extendido a todas las dimensiones. Todo lo quieren privatizar, no sólo la tierra, sino los ríos, el espacio aéreo, marítimo, las montañas, los nacimientos de agua, los pozos, las carreteras, el petróleo, la luz, la seguridad, la salud, la educación.
Los liberales de hoy, los más radicales, son aquellos que con tanques y metrallas mandan al ejército a los pueblos a amedrentarlos, a correrlos, pero son también los que en los periódicos, en la televisión, en las revistas, en las cátedras escolares, en las leyes, invierten todo el dinero y las palabras necesarias para convencer a todos y todas de que la mejor y única manera de salir adelante es privatizándolo todo. En este momento estamos viviendo nuevamente una era de despojo similar a la que se vivió en el XVII en Inglaterra y en el XIX en toda América Latina (sin contar claro con la del siglo XVI, cuando inició con la invasión europea el robo de las tierras pertenecientes a los pueblos originarios). Este nuevo ciclo de despojo tiene, no obstante, más legitimación por parte de la gente común, porque ha sido educada para eso.
Si usted, entonces, es un defensor de la propiedad privada, tenga en consideración que las ideas no vienen solas, ni tampoco viven en la racionalidad de nuestra mente, están hechas de circunstancias históricas y habría que reconocer que toda la historia está enmarcada en una lucha entre dominadores y dominados, entre ricos y pobres, entre fuertes y débiles, de esta lucha nacen las ideas y a alguno de los dos lados sirve y apoya. La idea de la propiedad privada, por más que se justifique en el bienestar, en la libertad, en el progreso, ha servido y seguirá sirviendo para los de arriba: dominadores, fuertes y ricos.



