¿Qué significa hoy ser de izquierda?
Nací a principios de los ochenta. Recuerdo todavía las imágenes cuando se dio la noticia de la caída del muro de Berlín. No comprendía casi nada, pero sabía que algo importante había sucedido. Lo que escuchaba en los programas de televisión y lo que leía en los periódicos que llegaban a la mesa antes del desayuno, era que una opción política y de vida, había dejado de tener sentido. “¡Ha muerto el socialismo!” -se decía una y otra vez- “hemos entrado en una era de progreso y de libertad, ha triunfado el capitalismo, ahora el futuro es nuestro”. Palabras más, palabras menos. Ante esos cantos de victoria tan optimistas, me imaginaba un mundo más bello, más cómodo, más libre, más feliz. Tenía menos de diez años.
Muy pronto me di cuenta de la mentira, pasaron los años y la situación se fue recrudeciendo. Esos que decían que la tecnología serviría para la salud y la comodidad, para que trabajáramos menos, han construido las máquinas para dar muerte más poderosas de la historia. Esos que decían que seríamos más libres, nos han convertido en los servidores sumisos del dinero, de los jefes, de los gobiernos, del mercado. Esos que decían que seríamos más felices, nos mandaron en estampida a las ciudades a trabajar sin descanso. Esos que hablaban de comodidad viven en grandes mansiones, pasean en carros que darían de comer a una familia entera por más de un año. Es cierto, era un canto de victoria, pero un canto que sólo era de pocos, mientras la mayor parte de la población mundial inició un proceso de precarización sin precedentes.
Durante todo el siglo XX y aún hoy, ser de izquierda ha significado luchar por la transformación social a favor de la justicia y por la liberación de los más oprimidos. El gran debate el siglo pasado era si la lucha debía darse por la vía revolucionaria o por la vía electoral. La vía revolucionaria, inspiradora de grandes movimientos populares y guerrilleros que buscaban acabar con los regímenes dominantes en sus países, logró varias victorias. La vía electoral nunca ha dado muestra de ser capaz de lograr verdaderas transformaciones sociales, pero siempre implicó un menor derramamiento de sangre, ése es su único atractivo. Cuando cayó el muro de Berlín y el llamado “socialismo real” en la URSS, se repetía una y otra vez que el socialismo había sido derrotado y como había sido derrotado, ya ninguna de las dos vías era posible, valía más aceptar la derrota, aceptar el mundo que Hollywood y los grandes intereses financieros estaban produciendo, o morir.
Decir “socialismo” desde entonces, sería para una gran parte de la población, decir “Stalin”, decir “autoritarismo”, decir “falta de libertad”. Si alguien se asumía de izquierda, se le consideraba como un atrasado. Los partidos comunistas y socialistas en América Latina y en México, se fueron en picada. Las cátedras de marxismo en las universidades empezaron a cerrar y muchos de aquellos que participaban en diferentes organizaciones y movimientos, empezaron a desistir y a resignarse. No fueron pocos los que asumieron que el capitalismo había ganado. Lo más, apenas comprendíamos qué estaba sucediendo.
En nuestro país, nace en esos tiempos el Partido de la Revolución Democrática que asume que la vía revolucionaria puede salirse de control, por lo que se dedica desde entonces a una carrera por la presidencia, a la que nunca ha llegado. El PRD durante los noventa simbolizaba el partido de izquierda frente a la dictadura priísta, cientos de sus militantes fueron asesinados por el gobierno. La propaganda hecha en contra de todo lo que fuera concebido como “izquierda” funcionó muy bien en la mayor parte de la población, sobre todo en la clase media, educada con una televisión que contaba con aproximadamente el 70% de su programación con películas y programas estadounidenses, así que nunca pudo convertirse en un partido de mayorías. Con el tiempo, el PRD ha dejado mucho qué desear como partido opositor, en su historia de corrupciones, de traiciones a los movimientos sociales, de tibieza febril ante las grandes emergencias nacionales, este partido ha devenido en una estructura más de poder que vive del erario público y que ha aprendido a negociar y a aliarse a las clases más poderosas del país, basta como ejemplo, el Pacto por México y la experiencia de sus gobiernos en el Distrito Federal. Así pues, digámoslo con todas sus letras: ser perredista no es ser de izquierda, no nos confundamos. Que fue oposición, sí. Pero nunca ha representado la posibilidad de una verdadera transformación social en el país, siempre han sido moderados y hoy por hoy, se han vuelto, incluso, cómplices de quienes se supondría serían enemigos.
Luego vino el levantamiento zapatista en Chiapas en el 94, el mismo año que entró con bombo y platillo el tratado de libre comercio que según convertiría a México en “un país de primer mundo” (en ese entonces pensaba que ser “un país de primer mundo” era algo bueno). Miles de indígenas que habían sobrevivido a más de 500 años de despojo y de dominio, le declaran la guerra al estado mexicano. La noticia fue una bomba. El pasado no se había ido, seguía presente en la pobreza, en el racismo, en nuestra sociedad, donde las castas aún no están desdibujadas. Detrás del escenario triunfalista del capitalismo en el país y en el mundo, emergía un movimiento que difícilmente podríamos imaginar hasta dónde llegaría.
Los zapatistas le dieron a todo el pensamiento de izquierda en el mundo una nueva mirada: una mirada desde abajo. El problema con la vía revolucionaria y con la vía electoral, que ocupaban toda la atención de quienes luchaban durante todo el siglo XX, era que tenía su mirada puesta hacia arriba, se buscaba la toma del poder estatal, fuera con fusiles o con votos, la idea era ocupar la silla para desde ahí dirigir el cambio y la transformación social hacia un mundo más justo. Digo lo que digo en pasado, pero quizás debería hacerlo aún en tiempo presente, ahí tenemos todavía el intento de Morena y de otros partidos buscando lo mismo, como si la historia fuera muda y ellos sordos. Lo que el zapatismo nos ha enseñado en estos veinte años es que es posible hacer un mundo más justo sin la necesidad de dividir al mundo entre gobernados y gobernantes y sin tener que esperar un futuro que no llega, su experiencia local nos lo confirma, día con día. Desde entonces, el debate en la izquierda ya no es si debemos tomar las armas o las urnas, sino si en verdad necesitamos la conquista del poder estatal.
A modo de epílogo
¿Quiénes somos esos a quienes muchos llaman “anacrónicos”, “rojos” “marxistas trasnochados”?
De izquierda somos aquellos y aquellas que creemos que el mundo que tenemos frente a nuestros ojos es un mundo que funciona mal y que es posible cambiarlo. Quienes creemos que la pobreza no es resultado de una decisión divina ni tampoco de la flojera o del conformismo. Quienes vemos en el lujo de unos cuantos, el robo a la mayoría. Quienes pensamos que el rico no se hace rico por cuenta propia sino por el trabajo de sus empleados. Quienes pensamos que los empleados no necesitan jefes. Quienes sabemos que la política no es de profesionales ni de expertos, sino que la política la hacemos todos y todas, y que todos y todas tenemos la capacidad de organizarnos para vivir de manera más justa. Quienes pensamos que no necesitamos pagarle a nadie para que escriba nuestras leyes ni nos gobierne. Quienes no creemos en el “american way of life”. Quienes reconocemos que el capitalismo es un sistema que deshumaniza y depreda la naturaleza. Quienes no creemos en las jerarquías de género ni excluimos a nadie por su preferencia sexual. Quienes reconocemos que el racismo fue inventado para explotar a muchos y beneficiar a pocos. Quienes no aceptamos, hoy menos que nunca, la derrota y seguimos soñando, porque podemos, porque queremos, pero también porque el sueño, la imaginación y la rebeldía se nos han vuelto necesarios para sobrevivir a esta civilización en naufragio.
Desde la angosta madrugada de la ciudad monstruo,
¡Salud y rebeldía!
A.
hopkinsalicia@hotmail.com
