Brasil ha ocupado siempre las primeras posiciones dentro de la lista de los países con mayor desigualdad. El rango que hay entre pobres y ricos es abismal, muy parecido a México, en ese sentido. El Mundial de futbol de este año ha venido a develar la manera en la que se vive y se siente esa desigualdad en el país, ya no con cifras, sino con la expresión de cientos de miles de personas indignadas por las acciones de un gobierno que está sirviendo a los intereses empresariales –nacionales y extranjeros- a costa de la seguridad y de la vida de los más oprimidos.
Pareciera difícil de creer. Cuando uno piensa en Brasil, piensa en la samba, en la fiesta del carnaval, no en vano varias veces han aparecido los brasileños ante el mundo como el pueblo más feliz. Cuando uno piensa en Brasil, piensa en desarrollo, en el “gigante sudamericano” que debería representar para los demás países latinoamericanos, aún en vías de desarrollo, un ejemplo a seguir. Un Mundial de futbol en Brasil aparecía como una gran idea que daría al mundo un espectáculo inaudito, sus bellas mujeres, su exorbitante naturaleza, sus envidiables dotes para el futbol. Nadie pensaría que el espectáculo estaría lleno de errores, de improvisaciones, que detrás del telón, ahí donde los reporteros comerciales no atienden, lo que sucede es una violencia injustificada en contra de la población, un ejercicio despótico de la fuerza policial desplegado en contra de los más pobres con el fin de hacer lucir el espectáculo lo más bello y limpio posible pero, sobre todo, para hacer del espectáculo el gran negocio de unos cuantos.
Escena 1 detrás del telón: LOS DESALOJOS
Desde hace ya cuatro años, en las 12 ciudades que están fungiendo como sedes del Mundial, iniciaron las tareas de preparación para el momento que viven hoy. Cualquiera pensaría que la organización de un Mundial, representa una entrada de dinero que beneficia al país en su totalidad. Pero creer en esto es, de verdad, ser ingenuo. La entrada de dinero está dirigida de manera previa, no representa un beneficio “para el país”, sino un beneficio para aquellos que están dentro del negocio.
Primero se inició con los planos: qué estadios deberían construirse, en qué lugares, qué medios de transporte, hotelería, restaurantes, etcétera debían rodear esos lugares para que los turistas que asistieran al Mundial pudieran, de manera más cómoda, darse los gustos o los lujos que quisieran. Esta planeación se hizo entre empresarios, constructoras y gobierno y la decisión que tomaron fue muy simple: las inversiones se harían en las zonas de pobreza, en las favelas. Así se mataba a dos pájaros de un tiro: por un lado, se hacía el negocio y, por el otro, se deshacían de los pobres, desplazándolos a los márgenes de la ciudad.
Así empezaron a llegar los policías a las favelas, a los asentamientos de los más pobres, armados hasta con tanquetas. Llegaban a cualquier hora del día o de la noche, a desalojar a los habitantes. Utilizaron balas, gas lacrimógeno, golpes, todo lo necesario para hacer que la gente saliera y abandonara sus casas.
Basta echar un vistazo a las imágenes de los desalojos para darse cuenta de la violencia con la que el estado brasileño despojó de sus viviendas a cientos de miles de personas. Según cifras de la “Articulación nacional para la Copa del Mundo”, han sido desalojadas más de 250,000 personas.
Este es el rostro oculto del mundial que nadie ve. Mientras millones de personas encienden el televisor para entretenerse y divertirse viendo los partidos de futbol del Mundial, cientos de miles de brasileños se encuentran en las calles, sin protección social y sin vivienda. La Copa les arrebató todo lo que tenían.
Escena 2 detrás del telón: LOS INDÍGENAS
Otros protagonistas de la lucha anticopa en Brasil son los pueblos indígenas. Cansados del despojo que desde siempre, pero de manera sistemática, desde el gobierno de Lula han sufrido, han levantado su voz también para quejarse de las injusticias que la Copa del mundo en Brasil ha producido. Los indígenas en Brasil son los más afectados por las políticas desarollistas y en estos últimos años se ha recrudecido la violencia estatal en su contra.
El “gigante sudamericano” ha tenido grandes estrategas dedicados a la fabricación de una imagen positiva internacionalmente. Recordemos las fanfarrias que se hacían en nombre de Lula como “el mejor presidente”. De nueva cuenta, detrás del telón, lo que sucedía era otra cosa. Lula fue un presidente sumamente carismático y, aprovechando la simpatía que provocaba nacional e internacionalmente, logró, como ningún gobierno anterior, dar marcha a proyectos que estaban detenidos, por su impopularidad, desde la dictadura. Los más favorecidos han sido los grandes capitales, banqueros y constructores que han aumentado las arcas de su riqueza hasta convertirse en transnacionales. El gobierno de Dilma no es más que su continuidad.
Enormes extensiones de campos de cultivo de soja transgénica dirigida a la producción de biocombustibles, hidroeléctricas y presas gigantescas, carreteras que atraviesan todo el país para transportar de manera más sencilla las mercancías, han sido parte de un proyecto que busca hacer de Brasil una potencia mundial a costa de la vida y del territorio de cientos de miles de indígenas.
Ahora con el Mundial, los indígenas, los olvidados de siempre por el racismo y el colonialismo interno, han protestado en contra de los gastos excesivos que está haciendo el estado brasileño, en contra de la violencia de sus fuerzas policiales, en contra del despojo que ellos y los habitantes de la ciudad están sufriendo a causa de los proyectos constructores alrededor de la Copa. Las imágenes de los indígenas armados con flechas, intentando detener la represión policial nos obligan a preguntarnos de nueva cuenta qué es el progreso y a elegir de qué lado estamos en esta historia de más de 500 años de invasión, colonización y genocidio en contra de los pueblos originarios de lo que ahora conocemos como América Latina.
Escena 3 detrás del telón: la huelga de transportistas.
Unos días antes de iniciar el mundial, los transportistas del metro de Sao Paulo se fueron a huelga. Es bien discutida en Brasil la precariedad del sistema de transporte paulista. Las altas tarifas, el pésimo servicio son un problema cotidiano para todos los usuarios, pero para quienes trabajan en el metro el problema fundamental son los bajos salarios. Así que decidieron, en un momento estratégico como este, irse a la huelga y luchar por un aumento salarial.
El gobierno y el sistema judicial se lanzaron de inmediato a la criminalización de la huelga, declarada ilegal, se despidieron a más de cuarenta transportistas del metro y se les retuvieron 900 mil reales (más de 5 millones de pesos) para pagar la multa que les fue impuesta. La convicción de los transportistas de que su exigencia era justa, los llevó a no rendirse frente a la represión judicial del estado y dos días antes de que diera inicio el Mundial, se llegó a un acuerdo en el que lograron su aumento salarial. Una conquista más del pueblo trabajador de Sao Paulo.
Escena 4 detrás del telón: las protestas.
Para nadie son secreto los millones de dólares que el gobierno brasileño ha invertido en el Mundial ni las facilidades que ha dado a la gente de la FIFA para hacer negocio. Las inversiones que se han hecho para la Copa sobrepasan los 11 mil millones de dólares, además de los 2,744 millones en aeropuertos y 256 millones en puertos. Es, simplemente, el Mundial más caro de la historia.
Brasil cuenta con más de 50 millones de personas sin vivienda digna. Para los requerimientos de la Copa se recortó el presupuesto destinado a la salud y a la educación. Los gastos del mundial se han convertido en un motivo de indignación, en un insulto para quienes carecen de lo más necesario, para quienes padecen el precario sistema de transporte, para quienes no tienen acceso ni a la salud ni a la educación.
Por eso la gente ha salido a las calles, se han organizado para protestar en contra del mundial, “¿Para quién es la Copa?” increpan, definitivamente la Copa del mundo no es para los pobres, ni para los marginales, ni para los indígenas, aún a pesar del amor que tienen los brasileños por el futbol, una buena parte de ellos se ha puesto en contra del mundial y sostiene pancartas que dicen “FIFA GO HOME!”, porque reconocen que el futbol se ha convertido en el negocio de unos cuantos. Hace mucho que el futbol dejó de ser el arte de Garrincha o de Pelé y se convirtió en una mercancía más.
¿Cómo se llamó la obra?
Habría que nombrar la obra que se representa detrás del telón, ahí donde las televisoras no quieren ver, con los protagonistas olvidados de siempre: el pueblo trabajador, los pobres, los indios. La obra detrás del telón no tiene mucho que ver con la grandilocuencia del Mundial de Futbol 2014, es más bien la representación acostumbrada de la injusticia social y del dominio coercitivo del estado, la lucha de siempre de los pobres contra los ricos, el sometimiento de la libertad por la fuerza de las armas que el estado tiene, no sólo armas de alto calibre, sino aquellas más sutiles que permiten que pueblos enteros permanezcan adormecidos mientras pueblos enteros son aplastados por el poder del dinero.
Desde la calurosa perla del desierto,
Salud y rebeldía,
A.
